La importancia de los archivos para construir la verdad del conflicto armado

hace 2 horas
Por: Juan Carlos Botero

El valor de la aventura

Muchos creen que una aventura significa divertirse en forma temeraria. Sin embargo, cuando alguien practica una actividad en función del peligro, o una actividad peligrosa en aras de su diversión, eso no tiene nada que ver con la verdadera búsqueda de los grandes aventureros. Porque lo que motiva a estos exploradores no es un deseo de distraerse, ni es la fama o el dinero, ni son las ganas de sentir la sangre correr más de prisa por sus venas. Hay algo más que eso. Lo que está en el corazón de toda auténtica aventura es el anhelo de abrir puertas clausuradas.

Por eso el ser humano es un aventurero por naturaleza. Porque la aventura nos permite ir más allá: nos lleva a explorar el mundo, nos ayuda a descubrir territorios, y nos estimula a conocer más del universo y a la vez de nosotros mismos. Cousteau decía: “Il faut aller voir” —"Tenemos que ir y ver"—. Por eso, cuando alguien emprende una aventura en honor de una meta profunda, como responder una pregunta científica, intelectual, espiritual, geográfica o vital, entonces esa acción, aunque peligrosa, es válida. Porque la aventura lleva a la gente a actuar como héroes.

En efecto, el héroe es quien se atreve a cruzar los límites de sus propias posibilidades. Como Stephen Hawking. Para muchos el acto físico de hablar o escribir no tiene gracia, pero este brillante científico está condenado a una silla de ruedas y sólo se puede comunicar mediante un computador, y aun así es capaz de reflexionar y compartir sus ideas con el resto del mundo, y su esfuerzo es heroico. Lo mismo se puede decir de Colón y Magallanes: lo que ellos se proponían era imposible, pero ambos exploradores se atrevieron a romper las fronteras de su mundo. Igual sucede con Galileo, Beethoven, Leonardo, Darwin, Einstein, Shackleton… Y no sólo los famosos. También fulanos cuyos aportes a lo mejor han sido más modestos, pero han tenido el coraje de formular una pregunta y hacer lo necesario para hallar la respuesta, a pesar del riesgo, el temor al fracaso o a la deshonra. Gente que no ha aceptado sus propios confines y ha salido a la intemperie, saludando el desafío de los elementos para abrirnos una puerta a todos.

Además, una aventura no se mide por lo que se hace sino por lo que se siente. No es necesario escalar el Everest para paladear el sabor de una hazaña intensa y fecunda. Cortejar una muchacha, escribir un libro, escrutar el cosmos o recorrer las calles de una ciudad pueden conducir a la revelación, porque las verdaderas aventuras son apenas los tortuosos senderos que tenemos que recorrer para vislumbrar los secretos que están más allá de nuestro horizonte.

Sin duda, la gran diferencia entre nosotros y los animales, como anotó Freud, es que somos seres insaciables. Y en donde más se manifiesta esta virtud es en el campo del conocimiento. Poseemos un apetito sin límites de iluminar lo recóndito, de entender cómo funcionan las cosas, de descifrar el porqué del mundo y de lo que nos sucede. El hombre es un animal que pregunta y se pregunta; que indaga y se cuestiona, y cada respuesta es un secreto revelado. Pero sólo se pueden percibir esas revelaciones si se cruzan las fronteras de lo seguro y familiar, si nos atrevemos a desafiar lo desconocido. En otras palabras, dejando nuestro ámbito conocido para ir y, en efecto, ver.

 

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