Por: Aldo Civico

El valor de la indignación

Hice seguimiento al fracaso de la reforma a la justicia mientras me encontraba en Austria visitando los lugares donde mi abuelo, Hubert Saurwein, fundó y lideró la resistencia armada contra Hitler en la región del Tirol. Así reflexioné sobre el valor que la indignación tiene, y ha tenido, para la democracia.

Mi abuelo era un católico comprometido y un sindicalista, que creía en la libertad y la justicia. Cuando el nazismo entró a Austria, mi abuelo comprendió que una época oscura y antiliberal se estaba infiltrando en la sociedad. Así que decidió oponerse y en 1940 organizó la resistencia armada que para los historiadores fue una de las más activas y efectivas en el Tirol.

En el ejemplo de mi abuelo hay una lección que, pienso, sigue siendo válida hoy en día: la disidencia es un valor constitutivo de la democracia. Los colombianos lo demostraron recientemente frente al intento de garantizar la impunidad a los corruptos y los mafiosos.

Por supuesto, a diferencia de la resistencia contra un dictador genocida, hoy en Colombia no hay alguna justificación válida para una resistencia armada. La violencia no es parte de una dinámica verdaderamente democrática. Como lo han demostrado los colombianos, la expresión no violenta y democrática de indignación es políticamente mucho más efectiva y productiva. Esto es algo que finalmente debería entender la guerrilla, si no quiere ser cada vez más la articulación de poderes mafiosos.

Pero la resistencia y la disidencia son expresiones vitales de la participación democrática. Hoy, expresados de forma no violenta, estos valores son un antídoto a tentaciones autoritarias y aspiraciones corruptas. La indignación de los colombianos es un recordatorio de que el significado de la democracia —y la legitimidad de sus instituciones— está fundado en la soberanía del pueblo y no en la soberanía de una casta.

La indignación de los colombianos, amplificada por las redes sociales, no es distinta a la ola de indignación que observamos desde Egipto a Chile, desde Estados Unidos a Rusia. De manera clara, los pueblos piden hoy a quienes los gobiernan y representan que no hagan pactos con los corruptos, los ‘iliberales’ y los mafiosos, sino de cortar cualquier relación con poderes criminales y antidemocráticos; piden pasar de una política de contención de los corruptos y mafiosos a una política que se opone y lucha, sin ambigüedad, contra poderes criminales.

Y este es el reto que enfrentan hoy los colombianos: transformar la indignación en procesos políticos que permitan el surgimiento y la elección de líderes que sean verdaderamente representativos de la soberanía del pueblo, enviar a la casa (o la cárcel), en lugar de reelegir, a los corruptos y los mafiosos, y así dar inicio a un proceso que renueve el liderazgo político.

Sí se puede. Si la resistencia contribuyó a la libertad de Europa contra el nazismo, hoy una resistencia no violenta puede construir la verdadera democracia en Colombia.

Twitter: @acivico

 

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