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hace 5 horas
Por: Ana Cristina Restrepo Jiménez

El valor de la palabra

No sé cuándo -ni por qué- condenamos las palabras al cadalso. Recuerdo el respeto que los abuelos profesaban por aquello que con solemnidad llamaban “dar la palabra” o “ser un hombre de palabra”.

La afición de mi padre era la carpintería. Cuando me casé, me fabricó una cama. Antes de ensamblarla, fue a un aserrío en Rionegro (Antioquia) para comprar las tablas de soporte del colchón. Al momento de ir a pagar, se dio cuenta de que no le alcanzaba el dinero y le preguntó al aserrador: “¿Le puedo traer mañana el resto?”. Él se negó, pero mi papá insistió: “¿Dónde queda el valor de la palabra? ¡Hombre, la única manera de que no le pague mañana es que me muera esta noche!”.

Ante semejante exageración —tan paisa— el aserrador accedió.

Esa noche murió mi padre.

Cuando estudié comunicación social recibí el curso “Cultura jurídica”. Estaba a cargo de un respetable abogado, parecido a Charles Kingsfield, y con el mismo método del célebre maestro de Paper Chase —pura mayéutica— nos enseñó los significados de las palabras “injuria” y “calumnia”.

Qué cosa tan bonita: dos palabras para proteger a las palabras de sí mismas, pensé. Porque, en efecto, a los seres humanos nos hacen (o destruyen) nuestras palabras.

El catedrático advertía, con entonado acento: “¡Ojo!, por eso caen los columnistas”. Y tenía razón; a veces parece que sólo los columnistas tuviéramos que responder por nuestras palabras.

El valor de la palabra está a la baja. En gran medida, las redes sociales como Twitter impulsan su devaluación: Yo invento atentados, Tú acusas sin pruebas, Él queda sin honra, Vosotros tuiteais, “jajajá”.

Y todos siguen tan frescos. No sé si la cultura jurídica es ya una cátedra arcaica en las escuelas de humanidades, o si la existencia de las redes sociales es superior a la ley.

Dicen que hay tres cosas irrecuperables: “la flecha lanzada, la palabra pronunciada y la oportunidad perdida”. En Twitter lanzan la flecha y esconden la cara. Pronuncian la palabra y no la sustentan. Y nunca pierden la oportunidad de destruir a alguien.

¿Qué tal si aplicáramos el tino de Lord McAlpine, en Gran Bretaña? Cada retuit de difamación por pedofilia en su contra terminó siendo castigado. ¡Maestro!

Tal vez el perjuicio más serio de las redes sociales contra el diálogo colectivo es avalar el anonimato, es decir, la cobardía: no exponer la cara ni el nombre para sostener una idea. El pez ya no muere por la boca: aprendió a robarse la carnada.

Celebramos las vidas de Cervantes, de Shakespeare, y el tesoro de Andersen, pero seguimos tratando a las palabras como invitadas de segunda a esa fiesta que es una buena discusión.

Tres semanas después del funeral, abatida en su luto, mi mamá fue a la carpintería para saldar la deuda y darle valor a una promesa. Cuando le entregó el dinero al aserrador... él ya había olvidado las palabras de mi padre.

 

* Ana Cristina Restrepo Jiménez

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