Por: Julián López de Mesa Samudio
Atalaya

El valor de un jugo de lulo

Hay que ver en estos días —y la verdad es que últimamente casi todos los días—  las plazas de mercado de Bogotá, en especial la de Paloquemao, colmadas de turistas extranjeros.

La ola del turismo experiencial que no para de crecer en nuestro país lleva literalmente hordas de visitantes a las plazas para probar los sabores de Colombia. Allí experimentan desde sancochos hasta arepas, pero las frutas y los jugos son, casi sin excepción, los más reclamados. Nadie queda impávido ante la diversidad de sabores, texturas y colores. Y de los jugos, me atrevería a decir que el más asombroso para muchos de nuestros visitantes es el de lulo.

Jugo de lulo hay en todas partes y en cualquier época del año. Es tan común y económico que constituye, junto con el de guayaba y el de mora, la triada de jugos más comunes de las loncheras, los almuerzos ejecutivos y los corrientazos a lo largo y ancho del país. Almuerzos que, por muy modestos que sean, siempre llevan consigo jugo en tal abundancia que es normal —aunque inaudito en buena parte del mundo— poder repetir jugo cuantas veces se quiera.

Doscientos centímetros cúbicos de “jugo” de concentrado de albaricoque procesado cuestan 3 euros (más de 10.000 pesos) por estos días en España; en los países anglosajones son tan exóticos los jugos hechos de frutas frescas, que cuando se pide un “jugo” en la mayor parte de establecimientos de comidas la referencia inmediata es a refrescos artificiales. Tomarse un jugo o dos sobre el almuerzo es un lujo extravagante para muchas personas fuera de Colombia.

Nuestro lulo es una planta fea, agreste y repleta de espinas hasta en sus anchas hojas; un matojo que al ser maleza puede crecer en cualquier parte. El arbusto produce fruta constantemente y no requiere mayor cuidado al haberse adaptado a condiciones medioambientales diversas. Hay variedades de lulo desde los bosques amazónicos hasta los páramos andinos. En algunos de los sectores más deprimidos de Bogotá, los arbustos de lulo cuelgan de vallados y desfiladeros, siendo unas de las pocas plantas de producción que algunas de las personas más pobres del país pueden mantener para complementar sus magras economías.

En muchos países allende los trópicos, en las zonas templadas donde existen estaciones bien marcadas por solsticios y equinoccios, las frutas no se consiguen en todas las épocas del año; la oferta es limitada y por tanto costosa. Pero incluso en los meses de abundancia hacer un jugo fresco de fruta representa un desperdicio, una suerte de degradación y corrupción de algo tan preciado en su estado natural (es como rendir champaña con agua, o mezclar un buen cognac con gaseosa). En Japón un racimo de 30 uvas alcanzó los 11.000 dólares en 2016. Si el precio ya no lo es, ni decir tiene que usar estas uvas para hacer un jugo sería todo un sacrilegio.

Los colombianos nos envanecemos, con razón, de nuestra biodiversidad y riqueza. Muchas veces la suponemos lejos, en selvas y lugares exóticos de nuestra geografía; prístina, invaluable por ser casi inaccesible. Sin embargo, muchas veces la riqueza y la potencialidad de nuestra diversidad se halla, literalmente, a la vuelta de la esquina, en cualquier potrero, o despreciada en arrumes de basura. 

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