Por: Francisco Gutiérrez Sanín

El vaso bicentenario

EN UNA COLUMNA PASADA ME REFE-rí a la dificultad que tuvo el saliente gobierno de Uribe para asimilar bien la celebración del Bicentenario.

Puse un ejemplo entre muchos: el de la disyuntiva histórica entre santanderismo y bolivarianismo, que nos ha acompañado desde el comienzo. Hubiera podido plantear otros, de no estar bajo la implacable dictadura del límite de espacio.

No sólo el actual gobierno sufre de ambivalencia con respecto del Bicentenario. Es claro que el asunto va mucho más allá. En particular, existen en el país dos historias, que andan por ahí corriendo y jugueteando en direcciones opuestas, sin hablarse casi nunca. La primera, la leyenda negra, reduce nuestros doscientos años de vida republicana a un gran expediente judicial —o a un episodio de picaresca, en la versión benévola—, protagonizado por hampones, tramposos y sinvergüenzas. Las desgracias que vivimos hoy se pueden proyectar directamente sobre el pasado: siempre estuvieron ahí. Nunca hemos salido de la guerra, de la corrupción, de la exclusión social, de la cortedad moral. Nada hay que festejar. La segunda, que puede bautizarse la leyenda rosa, habla de un país en pleno progreso, con instituciones democráticas fuertes, bien organizado, al que quizás la providencia le dio demasiadas montañas para que se refugiaran los guerrilleros, pero que desde el comienzo se distinguió de sus vecinos por la modernidad y estabilidad de sus instituciones políticas. El saldo de nuestros doscientos años es ante todo el excepcionalismo positivo. Los buenos somos más.

Ambas versiones tienen elementos de verdad. ¿Cómo dudar de la presencia de la brutalidad, la injusticia y la violencia en nuestras vidas? Basta con leer la primera página de cualquier diario nacional, cualquier día del año. Basta con recordar las fosas comunes, los asesinatos de concejales, las motosierras, los falsos positivos. ¿No clama al cielo nuestra desigualdad, sobre todo la rural? Pero está el otro lado de la moneda. Mi experiencia es que, sintomáticamente, es más difícil hacer que la gente se dé cuenta de las tremendas conquistas que se han conseguido a lo largo de nuestra accidentada trayectoria. En 1950, Lauchlin Currie describía —en un informe encargado por el Estado colombiano— a nuestra población. La esperanza de vida era un poco más de 50 años, la estatura promedio mucho menor que la actual, un porcentaje sustancial de colombianos sufría de sífilis (aunque creo que aquí Currie echó mal las cuentas). Claro, también por entonces corría la sangre a raudales…

Se necesitaría ir desarrollando pacientemente relatos públicos que logren articular las dos caras de la moneda —relatos que un observador atento pueda mirar como un vaso medio lleno o medio vacío, como una película de suspenso o de horror, dependiendo del momento y la necesidad—. Esto tiene una traducción política más o menos directa, ¿Cómo enfatizar en todo lo que nos falta y duele sin tirar a la basura el patrimonio genuino? A éste no es bueno ignorarlo, por pequeño que sea, con un gesto que pretende ser de gran señor, pero que expresa ante todo indigencia. ¿No decía Camus —sí, también se cumple el cincuentenario de su muerte— que es sólo en la miseria que florece la prodigalidad? Además, si no hay materiales con los cuáles reconstruir, ¿qué nos queda? ¿No sería mejor entonces esperar a que la providencia nos mandara otro salvador, como el que mañana por fin hace mutis por el foro?

Buscar columnista

Últimas Columnas de Francisco Gutiérrez Sanín