Por: Lorenzo Madrigal

El vaso medio lleno

La visión más optimista de su gobierno fue la que mostró el candidato presidente la noche del miércoles.

La otra visión, la que mira el vaso medio vacío, la tienen otras personas y el mandatario, claro está, sólo se refirió en pocas frases a lo que llamó sus frustraciones y errores. Nadie esperaba que hablara en contra suya cuando promulgaba su deseo de permanecer en el poder.

Todo funcionario que llega al tope de su tiempo piensa que sería bueno poder ver que sus obras, en las que él ha creído o sus asesores le han hecho creer, lleguen a buen final. Se dice que no es por vanidad, sólo por considerar que otros contemporáneos son inferiores a tan ingente obra, como es la del mandatario que se quiere perpetuar.

Se instala el reelegible algo así como en frente de un semáforo en verde, cerrando toda oportunidad a quienes vienen atrás, pitando como locos. El reelegible anula carreras políticas y, así lo permita la Carta Constitucional —tramposamente modificada en un gobierno anterior—, la reelección es figura antidemocrática y constituye per se un abuso del poder, no importa si regulado por una lánguida Ley de Garantías.

Abusó del poder Hugo Chávez, quien redujo la Constitución de su país a algo tan manejable que podía apretarla entre sus gruesas manos y sólo la muerte lo separó del mando. Abusó también Álvaro Uribe al modificar el texto de la Carta (“un articulito”) en su propio beneficio, lo que la Corte Suprema calificó como “desvío de poder”. De igual modo han abusado otros presidentes latinoamericanos, según ya es de uso entre los socialistas del veintiuno (Correa, Morales, Ortega).

Se argumenta que la obra debe continuar, que hay asuntos pendientes que verán su realización en el período subsiguiente y no se la quieren perder. Chávez le pedía a Jesús, su mesías colega, le diera más vida para defender a su pueblo.

La reelección inmediata en Colombia es ya opción consagrada en la Constitución, si bien quienes la reformaron por caminos sinuosos se encuentran sub iudice. El período presidencial se alargó a ocho años y no optar por esta prolongación es equivalente a un fracaso, como pudo ocurrir en Estados Unidos con Gerald Ford o con Jimmy Carter, este último tan excelente expresidente.

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El periódico El Tiempo se entregó, ya sin pudor, a la reelección de quien sigue siendo el dueño de casa y es seguro ganador. Qué dolor tan grande para sus lectores abonados. Como lo dijo el hermano mayor, en Washington, el hermanito menor quedó atado, pobrecillo, al tema de la paz. En sus manos se perdió también el mar de Colombia y tanto él como su canciller desatendieron el tema sobre el cual durmieron con esperanzas salomónicas.

 

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