Por: Carlos Villalba Bustillo

El vértigo de la derrota

SE LES MURIÓ EL SÍMBOLO, EL COMbatiente legendario que resucitó de ocho muertes pero que no tuvo calidad para la historia.

Nunca entendió, ni dejó que sus seguidores entendieran, que la dinámica de un mundo que se transformaba vertiginosamente los dejaba sin banderas, aunque el grupo, como tal, se mantuviera activo a punta de insensateces que le granjeaban el odio popular. El tránsito hacia las depravaciones —crímenes de lesa humanidad y narcotráfico— terminó de borrar de su agenda el ideal político.

Ahora se les está desgranando la organización. Sus frentes andan aislados e incomunicados, y el enemigo los engaña como niñitos candorosos hasta el punto de que les arrebató con maña los tesoros de sus secuestros selectivos: a la señora Betancourt y a los tres gringos. En sólo cuatro años habían modificado la actitud de un pueblo que no volvió a creer en su voluntad de sustituir la barbarie por la política, y lo que consideraron el obstáculo pasajero de un período presidencial (el de Uribe) lo subieron a dos, y casi a tres con el último rescate. Paso que dan hacia delante se les convierte en dos de para atrás. Han desmoronado su futuro en el presente.

Ahora, por obra de sus torpezas, tienen a un Uribe fortalecido, inmune a los efectos de sus propios errores, excesos y pataletas, dándoles duro con unas Fuerzas Militares reorganizadas y financiadas, obligando a desertar a los guerrilleros que sufren el repliegue de sus frentes y el desconcierto de su cúpula, la muerte de tantos de sus jefes y la desmoralización de los que aún resisten las devastaciones de la guerra. Tienen también enemigos dentro de sus filas: los soplones que cobran recompensas o matan compañeros para reclamarlas.

Si las Farc hubieran tenido visión política habrían aprovechado el Caguán para ganar credibilidad. Pero lo dedicaron a sacar droga y meter armas convencidos de que el anacronismo de la lucha violenta reviviría en Colombia la hazaña histórica de Lenin y los bolcheviques. Más tarde, dilapidaron la posibilidad del Acuerdo Humanitario para dar un auténtico golpe de opinión y frenar la intransigencia de Uribe frente al despeje de Florida y Pradera, liberando unilateralmente a los secuestrados. Se creyeron invulnerables y no previeron los golpes de este año. 

Tanto a Norberto Fuentes como a Ignacio Ramonet, Fidel Castro les dijo que un año más en la Sierra Maestra y su guerrilla no hace la Revolución, porque sus hombres estaban tornándose en bandoleros, y los bandoleros pierden el norte político. Eso les ocurrió a las Farc: se feriaron sus activos de revolucionarios y malversaron el saldo de cierta benevolencia internacional.

De haber obrado con inteligencia, no como un cartel de traficantes, las Farc estuvieran negociando su reinserción y erigiéndose en partido político. Marulanda hubiera muerto igualado, a pesar de todas sus atrocidades, al más encumbrado jefe de los grandes de Colombia. Raúl Reyes seguiría vivo y de protagonista de los nuevos hechos, y Colombia aproximándose a su consolidación democrática con una economía más fuerte y dotada de cuantiosos recursos para la inversión social.

El ex presidente López Michelsen lo dijo hace diez años: las Farc encontrarán quien las obligue a negociar sin la altanería que les da la autosuficiencia económica que las mantiene vivas. Un solo homicidio, el de Alberto Uribe Sierra, las condujo al vértigo de la derrota. Como para las plumas de Sófocles y Esquilo.

 

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