Por: Paul Krugman

El viaje de muerte de los republicanos

“ESTOY EN ESTA CONTIENDA PORque no quiero vernos perdiendo el año siguiente en nuevas peleas de esas de las batallas de Washington de los años 90. Yo no quiero poner a pelear al Estados Unidos rojo (republicano) en contra del Estados Unidos azul (demócrata); Quiero dirigir a Estados Unidos de América”.

Eso declaró Barack Obama en noviembre de 2007, exponiendo el argumento de que los demócratas deberían nominarlo, en vez de a uno de sus rivales, porque él podría liberar a la nación del amargo partidismo del pasado.

Algunos mostramos escepticismo. Un par de meses después de que Obama pronunciara ese discurso, advertí que su visión de “un tipo diferente de política” era una vana esperanza, que cualquier demócrata que lograra llegar a la Casa Blanca enfrentaría “una incesante procesión de disparatadas acusaciones y escándalos espurios, a la cual las principales organizaciones mediáticas diligentemente le dan credibilidad y, de alguna forma, no logran convencerse de declarar que las acusaciones son inequívocamente falsas”.

Entonces, ¿cómo va?

Ciertamente, el presidente Obama actualmente enfrenta el mismo tipo de oposición que el presidente Bill Clinton tuvo que encarar: una derecha enfurecida que niega la legitimidad de su presidencia. Que aprovecha impacientemente cada rumor loco fabricado por el complejo mediático del ala conservadora.

Esta oposición no puede ser apaciguada. Algunos expertos claman que Obama ha polarizado al país al seguir planes demasiados liberales. Sin embargo, la verdad es que los ataques en contra del Presidente no tienen relación alguna con cualquier cosa que él efectivamente esté haciendo o proponiendo.

Justo en estos momentos, la acusación que cobra más fuerza es el alegato de que la reforma al sistema de salud crearía “paneles de muerte” (en las palabras de Sarah Palin) que llevarán a los ancianos y otras personas a una muerte adelantada. Esto es una fabricación total, por supuesto. La cláusula que le exige al programa de salud Medicare que pague la asesoría voluntaria para el final de la vida fue presentada por el senador Johnny Isakson, republicano —sí, republicano— de Georgia, quien dice que es una “locura” alegar que eso se relaciona de alguna forma con la eutanasia.

Y no mucho tiempo atrás, algunos de los promotores más entusiastas del desprestigio a través del tema de la eutanasia, incluidos Newt Gingrich, el ex presidente de la cámara baja, y la misma Palin, apoyaban totalmente “directrices para progresar” en el cuidado médico en caso de que la persona esté incapacitada o en estado de coma. Esto es exactamente lo que se ha propuesto; y ahora, en vista de toda la histeria, ya fue desechado de la iniciativa de ley.

No obstante lo anterior, la campaña de desprestigio continúa. Y como revela el ejemplo de Gingrich, no es un fenómeno marginal: prominentes figuras del Partido Republicano, incluidos los mal llamados moderados, han aprobado la mentira.

El senador republicano de Iowa, Chuck Grassley, es uno de estos supuestos moderados. Yo no estoy seguro del origen de su reputación centrista —después de todo, él comparó con Hitler a los detractores de los recortes fiscales de Bush—. Pero, en cualquier caso, su participación en el debate de la salud ha sido llanamente despreciable.

La semana pasada, Grassley alegó que el tumor cerebral de su colega Ted Kennedy no habría sido tratado de manera apropiada en otros países, ya que ellos prefieren “gastar dinero en personas que pueden contribuir más a la economía”.

Esta semana, ante un auditorio, dijo: “ustedes tienen todo derecho a temer” que “nosotros no deberíamos tener un plan administrado por el Gobierno para decidir cuándo desconectamos el cable que mantiene con vida a la abuela”.

Una vez más, así suena un presunto republicano centrista, integrante de la Pandilla de los Seis, intentando crear un plan de salud bipartidista.

Ahí va, entonces, el sueño de Obama relativo a ir más allá de la política divisiva.

La verdad es que los factores que volvieron tan desagradable la política en los años de Clinton —la paranoia de una considerable minoría de estadounidenses y la cínica voluntad de prominentes republicanos para atender esa paranoia— son tan fuertes como siempre. De hecho, la situación quizá sea peor si se compara con los años 90, ya que la caída de la administración Bush ha dejado al Partido Republicano sin líderes reales, a no ser por Rush Limbaugh.

Ahora, el interrogante radica en saber cómo manejará Obama la muerte de su sueño bipartidista.

Hasta la fecha, por lo menos, la respuesta de la administración Obama a la profusión de odio en la derecha política ha tenido una cualidad similar a un venado encandilado. Es como si los funcionarios aún no pudieran aplicar su mente en torno al hecho de que cosas como esta pueden ocurrirles a personas que no se apellidan Clinton, como si siguieran esperando las tonterías para meramente alejarse.

Entonces, ¿qué debería hacer Obama? Ciertamente sería de ayuda si él diera explicaciones más claras y concisas sobre su plan para el cuidado de la salud. Con toda justicia, ha mejorado de manera considerable en esa área a lo largo de las últimas dos semanas.

Sin embargo, lo que aún falta es una sensación de pasión e indignación: pasión por el objetivo de garantizar que todo estadounidense reciba el cuidado de salud que él o ella necesite, indignación ante las mentiras y la propagación del miedo que se están usando para obstruir el camino hasta dicho objetivo.

Así que, de manera similar, ¿puede Obama, quien también puede ser muy elocuente cuando pronuncia un mensaje de ánimo, alzarse al desafío de la oposición sinrazón, a la oposición que no se puede apaciguar? Solamente el tiempo lo dirá.

Premio Nobel de Economía 2008, profesor de Economía y Asuntos Internacionales en la Universidad de Princeton.

c. 2009 - The New York Times News Service.

 

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