Por: Ignacio Zuleta

El viaje del Jaguar

Quienquiera que le haya sostenido la mirada a un jaguar, en las selvas o pantanos donde habitan, o en un zoológico de rejas execrables, intuirá porqué este animal ha fascinado a la humanidad desde el comienzo. Esos ojos de espejo de dos caras tienen algo divino: insobornables, inescrutables como el misterio de la existencia. Los felinos se parecen, pero hay algo especial en el jaguar, quizá porque nosotros en este continente poseemos en el acervo genético ancestral lo que ha significado en las culturas que hacen parte del “corredor cultural” de esta Panthera. En el prefacio del libro de Reichel Dolmatoff “El Chamán y el jaguar”, el viejo Schultes afirma que “acaso sea el jaguar el que sobrepasa a todos los demás animales en las ideas de los aborígenes relativas a la creación, a la regulación sobrenatural de la existencia terrena, de la vida del más allá… en suma, la esencia misma de muchas de nuestras culturas americanas”. Extraño, dice el mismo Schultes, que a un botánico se le pida un prefacio en el libro de un etnólogo. Pero acepta, porque sabe que plantas y animales están íntimamente ligados entre sí y a nuestra especie.

Este nexo entre el jaguar, su entorno y la coexistencia con los hombres, lo entienden bien los fundadores y miembros de Panthera (www.panthera.org), una organización internacional empecinada en entender y proteger a los gatos salvajes del planeta, y en lo que nos concierne, son gestores de la “Iniciativa del Corredor del Jaguar”, una aventura que tiene tanto de mística como de científica y que encarna la necesidad de permitirle a este animal que siga trashumando de México a Argentina.

Para Colombia —en donde los jaguares no habitan solamente en los museos, sino en parches como los Farallones de Cali, la Serranía de San Lucas, el Darién o el Amazonas— es de fundamental importancia el Corredor para que no se conviertan en islas que amenazarían la supervivencia del tercer felino más grande de este globo. El director regional, el caleño Esteban Payán, armándose de una paciencia y una pasión de gato grande, se adentra en las selvas burocráticas y reales y en los desiertos verdes de los ganaderos para hacer entender que los enemigos del jaguar han sido la agricultura extensiva, la minería que contamina las aguas de las zonas por donde transita, su cacería indiscriminada por el mito del “tigre-come-niños”, y la deforestación que interrumpe los corredores genéticos y físicos. Los esfuerzos con los ganaderos han dado resultados asombrosos cuando algunos comprenden que a través del manejo de los hatos, con cercas eléctricas y otras estrategias, es posible una convivencia, que además redunda en beneficios para los locales pues protegerle al jaguar su corredor es proteger la naturaleza a la que está ligado desde antes de que los hombres le cortaran el camino.

El estudioso más respetado del asunto, el Dr. Alan Rabinowitz, cuyos libros sobre el jaguar son de rigor para los que deseen profundizar en este tema, describe el temperamento de este animal soberbio: posee el Fudoshin de los maestros en artes marciales: es audaz, decidido, inalterable, imperturbable, pero —a pesar de su fama— no es agresivo. Mi sugerencia para los aventureros de pantalla es que acompañen a Rabinowitz en este viaje alucinante del jaguar. www.journeyofthejaguar.org. Cuando cambia la conciencia y el jaguar se transforma de enemigo en sabio que da respuestas a nuestra propia supervivencia como especie, retoña una esperanza.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Ignacio Zuleta

Mejor sudor de madre que leche de madrastra

Otra vez humanos

El lamentable ¡puf! del Alto Putumayo