Por: Julio César Londoño

El viejo expresidente medita

Cae la tarde y el viejo expresidente contempla sus tierras, las ubérrimas tierras preparadas con el mejor abono, con carne de cristiano, dicen. Un escalofrío recorre su cuerpo. Ánimas benditas, dice en voz baja y se persigna porque es un hombre piadoso.

Ha envejecido de manera prematura. Las agrieras del poder, seguramente, y las traiciones, sobre todo la de ese cachaco malparido. ¡Cómo pude confiar en un tahúr de la capital, por Dios! Y Luis Carlos hablando ternuras de los diálogos. ¡Perro miserable! Quién me manda a confiar en intelectuales.

Se consuela pensando que es el líder más poderoso de la historia nacional. Sus gritos retumban hasta en el último recoveco de la selva, en los tugurios de cartón y en las mansiones de piedra importada. Su bendición basta para poner en la Presidencia al sujeto menos carismático. Aún vive y ya es leyenda… pero, para qué tanto trabajo. Para que venga cualquier cagatintas y haga gárgaras con su reputación.

Me dicen genocida, me achacan los falsos positivos, la debacle del sistema de salud, la especulación de las farmacéuticas, critican que haya expedido más de 8.000 títulos mineros, fusionado ministerios y eliminado las horas extras, pero nadie recuerda que yo los libré del cáncer de la subversión, que pudieron volver a sus fincas y que la economía creció como espuma. Así es la humanidad, Pablo.

¿Será verdad que me rodeo mal? Qué va. Noguera, un mero homicidio. Santoyo, un exportador al detal. Arias, huyendo por una nimiedad. Por un bizcochito. Y así los demás. Pendejadas.

Es que todo lo malo, soy yo. El paramilitarismo, por ejemplo. Dizque el Patrón… la Casa de Nari. ¡Ja! Y dónde me dejan los 100 generales y los 1.000 industriales y los 1.000 ganaderos y los 50 obispos y los cinco presidentes que amamantaron al monstruo? Yo solo hice mi parte.

Tampoco ordené que chuzaran a nadie, ni a los magistrados ni a los periodistas ni a la negra esa. Tal vez los asesores leyeron mis pensamientos…

Es que un presidente no puede ni pensar. Usted mira mal a un tipo, y pum, el guardaespaldas lo mata o la indiecita lo chuza y después todo el mundo dice que uno es el autor intelectual.

Pero yo sí creo que esa “inteligencia” había que hacerla en aras de los intereses superiores de la patria. No se podía permitir que Petro, Chávez, Teodora, Santos, Obama, el papa y toda esa recua de terroristas anduviera conspirando y uno ahí, juicioso, legalista, pegado al inciso, noooo, la Constitución es para enmendarla y las leyes para la masa. Los héroes no podemos regirnos por articulitos. Nosotros hacemos las leyes. Nosotros somos la ley.

Pero juro que no ordené nada. Seguro mi secretario le dijo a la indiecita, mirá vos, chuzá a este y a este, que te vamos a dar unos contratos, y ella fue rauda y chuzó hasta el nido de la perra y a los médiums de San Gregorio, y apenas le dieron dos contratos chiquitos. Se le torcieron, como a Yidis. Mal hecho. Las vueltas malas hay que hacerlas bien.

Sí, fue el secretario privado el que me leyó el pensamiento y obró por su cuenta, como Arias, Santoyo, Jerónimo, Tomás, Noguera, Luis Carlos y los 70 senadores de la parapolítica y otras decenas de casos aislados de telépatas culiprontos que no sirven sino para embarrarla y darle argumentos al terrorismo. Traidores todos. Hasta la Interpol se me torció. Hasta Obama, que anda en tratos con el castro-chavismo. Negro es negro, Pablo.

Y claro, nunca falta el chistoso. Ya andan diciendo que tengo una espalda más ancha que la de Samper. ¡Canallas!

Cae la tarde y el viejo expresidente suspira.

La historia me absolverá. O la Cámara. La que llegue primero.

 

 

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