Por: Sergio Otálora Montenegro

El viejo Gutenberg agoniza

Los números dan escalofrío: sólo el diecinueve por ciento de los jóvenes norteamericanos, entre los 18 y los 34 años, dice ojear (no leer) un periódico, de acuerdo con cifras aparecidas en la revista The New Yorker. La misma publicación informa que en los últimos tres años,  los diarios estadounidenses han perdido un cuarenta y dos por ciento de su valor.  
Y como para que no queden dudas, un datico adicional: en el 2043 verá el mundo el último ejemplar noticioso impreso, según  Philip Meyer, autor del libro “El periódico que desaparece”.

En Washington,  hay ya un museo del periodismo, al que le invirtieron 450 millones de dólares, y representa esa época que para algunos ya está bajo tierra, con lápida y epitafio.

La era digital e Internet son los chivos expiatorios de la supuesta desaparición definitiva del viejo Gutenberg. Las noticias en tiempo real, que le dan la vuelta al globo en segundos, el encanto de la red, el planeta entero que aparece en una pantalla, de manera instantánea, la interactividad incesante,  el rey Google, la reina facebook, parecen puñaladas certeras al corazón de los productos impresos, sean libros, revistas o periódicos (para no hablar de la música y los discos, industria en sus últimos estertores).

Hay pánico, parecido a la aparición del sonido en el cine mudo, o al frenesí de la televisión, o a la perplejidad de los dueños de los teatros con la irrupción del betamax. El periodismo, como lo conocimos, en constante  evolución técnica y conceptual desde hace tres siglos, parece tener sus días contados.

Tal vez la clave para enfrentar la desazón de los nuevos tiempos,  esté más en reinventarse un nuevo universo periodístico, que en mirar con terror e impotencia los  avances estrepitosos de la tecnología. Muchos de los que han quedado tirados en el campo de batalla, insistieron con terquedad en viejas costumbres del siglo XIX, que pasaron al siguiente, y que ahora ya no funcionan.
 
Una de ellas, la señaló, con pelos y señales, el editor de la revista Time, Rick Stengel, cuando afirmó que  no entendía por qué la prensa escrita de su país sigue con la tradición, “contraproducente y anacrónica”, de adherir a un candidato en las páginas editoriales. Duda que exista un joven menor de treinta años que entienda por qué los medios impresos insisten en semejante conducta. Y comenta: “Más de uno me ha preguntado: ¿Cómo puede ser objetivo un periódico en la primera página cuando apoya a un candidato en su columna editorial?”

Hoy en día, nadie se come el cuento de que una cosa es la política editorial, y otra la sacrosanta información, que nadie toca, es objetiva, impoluta. Esa división suena hoy en día más artificial que nunca,  cuando en Internet noticia y opinión se mezclan por completo. Cuando hay tantas fuentes para contrastar un hecho.

Desde la perspectiva de Stengel, es muy complicado que la prensa escrita, con ese resabio de los tiempos del periodismo partidista y militante, logre atraer a las nuevas generaciones que no entienden como un medio que se alinea a Barak Obama puede tener credibilidad para informar, de manera por lo menos equilibrada, sobre Hillary Clinton, o viceversa.

En Colombia, la discusión es más compleja, porque el conflicto armado lleva a un alinderamiento casi inevitable. La pregunta del millón: ¿Un medio impreso que apoya de manera estratégica la decisión de Uribe de derrotar por la vía militar a la guerrilla, puede tener los hígados editoriales de denunciar e investigar el escándalo paramilitar hasta sus últimas consecuencias y de mantener un sano distanciamiento con el lenguaje y las estrategias de la Casa de Nariño?

Para ir más allá: ¿Por qué la prensa, en general, se impone la misión de apoyar las líneas generales de los gobiernos, como si, al no hacerlo, sintiera que traiciona la democracia?

Al periodismo escrito, para sobrevivir, no le queda más remedio que expulsar de una vez por todas sus propios demonios: abandonar su papel de aliado estratégico de los gobiernos, y asumir su tarea fiscalizadora a fondo. Perderle el miedo a oponerse a la guerra.

Ahí, precisamente, es donde ha estado más en juego la credibilidad de la prensa colombiana. Y la de otros países: el New York Times y el Washington Post, al apoyar a Bush en su invasión a Irak,  sin criticar los argumentos y pruebas en contra de Saddam Hussein (que a la postre resultaron ser un sartal de falsedades), no sólo cometieron un grave error histórico, sino perdieron, de manera irremediable, la confianza de sus lectores más jóvenes, visitantes asiduos o escritores agudos en la blogosfera.

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