Por: Santiago Villa

El Viejo Mugabe y el Joven Maduro

Es curioso: la única vez que he visto a Robert Mugabe, el dictador y otrora liberador de Zimbabue, fue precisamente en Venezuela. Era un viejito demacrado que a duras penas podía sostenerse sobre sus piernas y lo llevaban casi alzado cuatro guardaespaldas mastodónticos. Se dormía durante los discursos de sus colegas. Yo cubría en el 2009 la II Cumbre África-Sudamérica, en la Isla Margarita, y Mugabe fue uno de los casi 30 jefes de Estado que viajaron a un evento que representaba el ápice de la política exterior chavista.

Era el momento estelar de Venezuela. El petróleo estaba en auge, las naciones del primer mundo se hallaban sumergidas en lo grueso de la crisis mundial, y el mundo emergente, el Sur, con Chávez y sus petrodólares a la cabeza, prometían un nuevo capítulo geopolítico. El contramaestre de este trasatlántico diplomático era el entones canciller Nicolás Maduro.

La gloria y sus burbujitas se disolvieron más rápido que un Alka-Seltzer. Los países del Norte superaron la crisis y la caída en los precios de los commodities se llevó por delante a la totalidad del Sur, salvo a China e India, porque son las únicas potencias industriales.

Murió Chávez. El petróleo se desplomó. Maduro subió.

Al igual que Robert Mugabe cuando hizo sus apresuradas y corruptas reformas agrarias, ante la ineludible debacle económica Nicolás Maduro y sus secuaces se hallaron en una disyuntiva: apretar las cadenas del poder entregándole el país al Ejército o llamar a elecciones abiertas y perderlas.

Escogieron el poder. El precio era dar un paso más hacia la instauración de un régimen totalitario. Si antes era posible disimular, comprar las elecciones con subsidios y ayudas, ahora es necesario aplicar la represión pura y dura. Para eso se necesitan, más que todo, armas. Poder de intimidación.

Zimbabue siguió arrastrándose bajo el gobierno de Mugabe durante décadas, demostrando así que es posible tener a un dictador inepto y despiadado sin que el país se desintegre del todo y sin que el tirano caiga.

Es una importante lección para Nicolás Maduro, pues mientras el precio del petróleo no vuelva a subir, y quizás incluso si lo hace, este será su futuro. Debe gobernar un país que avanza sin cuidados en el camino de la miseria y, si quiere seguir siendo presidente, tendrá que cargarse a cuanto opositor asome la cabeza.

Habrá violencia. Ya la hay. Venezuela es uno de los países con los índices más altos de criminalidad en el mundo. Pero también habrá violencia política, si Maduro sigue los pasos de Mugabe. Probablemente no será de alta intensidad. No habrá una guerra civil. Más bien esporádicos enfrentamientos entre el gobierno y la menguada oposición. En especial si ésta alza la cabeza.

Si la presión internacional se hace insoportable, al igual que su alter ego Mugabe, Maduro podrá aceptar un gobierno de coalición con los opositores. En Zimbabue fue un saludo a la bandera y siguieron gobernando los mismos de siempre. En Venezuela no tiene por qué ser distinto.

La situación puede extenderse durante años, quizás una década, hasta que un buen día, por motivos de presión interna o externa, porque un segundo al mando (Diosdado Cabello) quiere ser el primero, como en Zimbabue, o porque un país benefactor, que podría ser China, se cansa del letárgico sistema y mete presión, el tirano cae preso a manos del único poder que puede derrocarlo: el Ejército.

Maduro podrá luego viajar a la misma isla donde pasará sus últimos días Mugabe y de la que se salvaron ya los Castro, a jugar dominó con el Patriarca mientras observan los cráteres del mar que le vendieron a los americanos, a los chinos, a los de turno, porque en estos continentes circulares el tiempo no deja de volverse sobre sí mismo como una rueda a la que se le ha oxidado el eje.

Twitter: @santiagovillach

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Santiago Villa

El encanto de las soluciones fáciles

El problema de la consulta anticorrupción

Entre la caricatura y la tecnocracia

La legitimidad de la Corte Suprema de Justicia

Santos: alfil de la legalización de las drogas