Por: Juan Gabriel Vásquez

El viejo y el nuevo

La semana pasada, en plena discusión nacional sobre el aborto, Enrique Gómez Hurtado —ese representante titulado de lo más peligroso de la caverna colombiana— perpetró unas opiniones que no merecen ser olvidadas.

Refiriéndose a las situaciones en que la Corte Constitucional ha decidido que se puede interrumpir un embarazo, Gómez Hurtado opina que “cualquier persona puede decir que fue violada”, y que eso de la violación “es una situación que no se puede comprobar y muchos quieren salir del compromiso asesinando a una persona” (sic). Le debió de parecer que en esas frases no había agredido suficientemente a las víctimas de una violación y, en general, a las mujeres, porque las sandeces se le siguieron escapando por la boca: como “no sabemos dónde comienza la malformación”, se concluye que las mujeres que aborten en esos casos quieren “sacar ventaja quitándose una responsabilidad” (otra vez sic). “Cualquiera es malformado cuando lo que se quiere es no tener un hijo”, dice, y se da prisa en aclarar, por si sus credenciales pudieran ponerse en duda, que él es “un experto en términos de moral, un defensor del orden y el progreso” (sic, sic y más sic).

Y entonces uno se da cuenta de lo poco que han cambiado las cosas entre los dos Gómez. Gómez el viejo, Gómez el joven: poco ha cambiado. Uno se acuerda de esos años en que también Gómez (el viejo) se declaraba dueño de la moral colombiana para cerrar, por ejemplo, una exposición de los desnudos de Débora Arango. Era lo de menos, claro, porque en realidad lo que le hubiera gustado a Gómez (el viejo) habría ido mucho más allá de unos cuantos lienzos de mujeres empelotas: si lo hubieran dejado, Gómez (el viejo) habría instalado en Colombia un nacional-catolicismo como el de la España de Franco, un sistema de gobierno en el cual la religión del Vaticano fuera la única manera de ver el mundo. Pensando en eso, uno se acuerda de ciertas partes de Laureano Gómez y los masones, el libro en que Thomas Williford cita los escritos de Gómez (el viejo) sobre Mussolini. La desgracia de Italia, escribe Gómez (el viejo), fue no haber hecho caso de las palabras del presbítero Vicente Gioberti: “La religión es la base del genio nacional”. Lo que se creó entonces, se lamenta Gómez (el viejo), fue un país donde “todo recuerdo de la religión católica quedó excluido de la nueva vida pública”.

Ese lamento es el mismo, en contenido y aun en forma, que flota hoy en día en el partido Conservador de nuestro conservador país. Esos son los amigos de Alejandro Ordóñez, el hombre del crucifijo al fondo: nostálgicos de una época en que la religión católica determinaba la constitución y la ley. A quienes defienden el derecho de la mujer a abortar en tres casos taxativos los acusan de promover el aborto; con la misma lógica (sic), acusan a quienes defienden la laicidad del Estado de atacar a los creyentes. Pero el Estado laico —increíble que sea necesario decirlo una vez más—, lejos de atacar una religión, es la mejor defensa de la igualdad de todas las religiones: al no asumir ninguna, garantiza la coexistencia de todas. Ese país (que a uno le gustaría y que al procurador Ordóñez y a José Darío Salazar les choca tanto) se salvó la semana pasada. Tuvimos suerte, pero nadie duda que los ataques seguirán. Habrá que seguir defendiéndonos.

 

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