Por: Hugo Sabogal

El vino y el arquitecto

Este argentino es una de las figuras emblemáticas del diseño de bodegas en el Cono Sur.

Hace un par de semanas, José Carlos López, el más destacado editor de libros de lujo de Perú, me habló de su nuevo proyecto: un libro de gran formato sobre la arquitectura del vino en Argentina. Cuando conocí Mixmade, su sello editorial, no dudé en recomendarle al entrañable Mario Yanzón.

Sanjuanino de nacimiento pero mendocino de corazón, Yanzón es quizás la figura más emblemática del diseño contemporáneo de bodegas en el Nuevo Mundo. Obviamente, existen otros colegas suyos, tanto en Europa como en Estados Unidos y el Cono Sur, que han levantado edificios imponentes. Pero Yanzón ha sido el responsable de construir las “catedrales” más admiradas y visitadas del vino.

Con él, he hablado sobre sus trabajos en ejecución y del abanico de fascinantes personajes que lo contratan: desde nobles franceses y banqueros españoles hasta adinerados empresarios holandeses. Al pie de obra, revisa, mide, se agacha, se inclina, se empina y luego emite un juicio inexorable. “Esta pared está mal hecha y hay que tumbarla”. Su nivel de exigencia es, sin duda, una garantía para la mayoría de sus clientes; pero, para otros, es un costo adicional que, a veces, asciende a alturas insospechadas. Para él, una fachada en piedra no puede ser decorativa solamente, y ha llegado hasta el extremo de traer rocas de la cordillera de los Andes para crear un efecto perdurable en el tiempo y la memoria. Su arte de hormigón, piedra y madera, al servicio del vino, persiste en lo más profundo de nuestra retina.

Aunque con Yanzón las conversaciones sobre cultura nunca terminan, hace un tiempo le piqué la lengua para que hablara del vino y de lo que esta bebida ha producido en el interior de su “catedral” humana. Y estas fueron algunas de sus respuestas.

Los primeros vinos

“Como buen argentino, me acostumbré a tomar vino con soda desde la infancia, siempre a la hora de las comidas. Era una forma de compartir con la familia, sin riesgo de pasarse de copas. De manera que, a estas alturas de la vida, el vino en mi mesa es más importante que el agua. Pero a diferencia de ésta, que es un medio hidratante, el vino es alimento: para el cuerpo y para el espíritu. Es un benefactor de la digestión y de la salud. Nunca he olvidado esta frase de Pasteur: “El vino es la mejor bebida de los pueblos”.

El vino y sus debilidades

“El vino es una bebida que se mantiene viva desde el momento en que se embotella y se transforma con los días, los meses y los años. Empieza fresco y brioso, y termina digno y diluido, casi moribundo”.

Una construcción perfecta

Igual que ocurre en la arquitectura, el vino debe impactar por su equilibrio, por su correlación de fuerzas. Por un lado, está el aroma a fruta fresca, y por el otro, a roble, si se ha añejado en barricas de madera. Sin duda, lo que uno más admira es la fusión perfecta entre estos dos elementos. Pero debo confesar que me gustan los vinos jóvenes y frescos, porque los disfruto sin tener que analizarlos.

Sin término medio

Al juzgar un vino, nunca lo hago como un experto, es decir, no lo descompongo en sus partes para decir qué me parece. Simplemente, obro como cualquier ser humano y digo: me gusta o no me gusta, y ya está.

¿Ser argentino es sinónimo de amar el vino?

No. Hay argentinos que viven sin el vino. Es más: comen asados y empanadas con gaseosas dulces. ¡Qué horror! A diferencia del vino, estos productos no tienen historia, ni aromas, ni sabores de embrujo. No tienen nada para descubrir.

Cepa preferida

Decir Mendoza es decir Malbec. Esta variedad encuentra aquí el mejor terreno y el mejor clima para dar lo mejor de sí. No ha habido otro país del mundo vitivinícola que lo haga igual. Siempre lo he bebido y siempre lo beberé.

La mejor hora para una copa

Beber un vino es estimulante y hay horas especiales para abrir una botella. En nuestro estudio de arquitectura descorchamos un tinto al mediodía y lo acompañamos con algunos quesos. Al atardecer, generalmente tomamos espumante o Chardonnay.

Siempre en compañía

Nunca bebo vino solo; prefiero hacerlo con amigos. Creo que una de las cosas buenas y simples de la vida es compartir la mesa. El vino crea una atmósfera de cordialidad y bienestar, y nunca deja de alegrarnos el espíritu. Por eso he dedicado gran parte de mi vida profesional a construir templos para que ese espíritu no se evapore.

 

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