Por: Cristina de la Torre

El viraje: ahora o nunca

DERECHA IRREDUCTIBLE, ESTE GObierno distinguió a Colombia con los mayores índices de pobreza, desempleo y desigualdad en el Hemisferio.

La mitad de los colombianos vive con menos de dos dólares al día, y ocho millones, con menos de un dólar. Ante tal aberración, sorprende gratamente el viraje que Santos anuncia hacia una opción de centro. Si bien se ignora todavía su orientación precisa, contradictoria como parece la oferta de una tercera vía sin abandonar el modelo económico que rige. “Encontrar el fino equilibrio entre la continuidad y la ruptura”, escribiría algún analista, en alarde admirable de equilibrista sobre la cuerda floja. Una ominosa señal al canto: la custodia de Domingo Cavallo, artífice del desastre financiero de Argentina hace una década. Tampoco se sabe si se promoverá el sector minero-energético como simple productor de rentas que se limita a extraer y exportar petróleo y carbón, sin transformar estas materias primas ni crear empleos. Acaso la prometida restitución de tierras fuera un principio de cambio, si se la acompaña de políticas de desarrollo; de crédito, tecnología y facilidades de comercialización para la agricultura campesina. ¿Podrán convivir estos derroteros encontrados? ¿Cuál prevalecerá al final: el modelo de crecimiento sin empleo ni redistribución aforado con su rentismo minero-exportador, o bien, un principio de reforma agraria capaz de jalonar transformaciones de fondo en la economía del país? En horizonte tan borroso, falta a gritos la formulación del principio estratégico que inspira al nuevo gobierno. Y concurre al debate de las definiciones del libro de Alicia Bárcena, secretaria ejecutiva de la Cepal, La hora de la igualdad, que hace furor en América Latina. Pasamos a glosar el núcleo de su divisa, inflexión histórica hacia la construcción de un nuevo pacto social afincado en la igualdad de derechos.

Tras el fallido experimento de mercado autorregulado y protagonismo de los negocios particulares, hoy se resiente América Latina de Estados que abandonaron su función económica y social. De falta de políticas de desarrollo, de largo plazo, que extiendan las oportunidades a todos y reduzcan las brechas sociales, económicas y tecnológicas. En el núcleo de este viraje crucial, la Cepal sitúa de nuevo el valor de la igualdad. Sin ella, dice, la cohesión social resulta un artificio. Una burla, si no se implanta una estructura fiscal progresiva, donde el rico pague más impuestos y el pobre pocos, o ninguno, y ellos reviertan en bienestar general. Cepal propende a un “pacto fiscal” que, más allá de una simple reforma tributaria, permita replantear las funciones del Estado y sus estrategias de planificación del desarrollo. El sistema tributario y la orientación del gasto público son herramientas principales de redistribución del ingreso. Igualdad y crecimiento económico no riñen, puntualiza Bárcena: “hay que crecer para igualar e igualar para crecer”. (Dilma Russeff, probable sucesora de Lula en Brasil, precisa: “la idea es crecer al mismo tiempo que se redistribuye la riqueza”). Abunda el informe también en argumentos para regular el sector financiero y reorientarlo hacia el fomento de la producción y la banca de desarrollo. Además, para formalizar el trabajo y asegurarle estabilidad.

En suma, la Cepal propone una “reforma de las reformas del Consenso de Washington”. Para el conservadurismo que avasalló a Colombia, ya desde cuando los dos Lleras intentaron aplicar esta versión de liberalismo socialdemocrático, lo dicho será anatema. Pero Santos, con su enorme legitimidad política, podría —si quisiera— hacerse eco de ella. Y acometer esta revolución liberal largamente frustrada por el parroquialismo y la angurria de élites que dan vergüenza. Sabría que el viraje es ahora o nunca.

 

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