El virus en la economía

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El coronavirus no solo contagia a las personas. Poco a poco ha ido enfermando a las economías de todas partes. Aunque todavía no se conoce la gravedad ni la duración de la pandemia, ahora en plena expansión, los canales de transmisión y los primeros impactos ya son evidentes. En el campo económico, la mayor preocupación es que se frene el crecimiento.

Uno de los primeros efectos del virus fue la dislocación de numerosas cadenas de suministro en el mundo. Después de que el gobierno chino impusiera drásticas restricciones al tránsito y la movilidad de la gente, descendió dramáticamente la producción de partes y suministros que se exportan a otras latitudes. Así se forzaron cierres de plantas en Europa y otras regiones del planeta (fábricas de automóviles, por ejemplo). Y esto no terminó ahí. Cuando la producción china se redujo, en forma paralela cayeron sus necesidades de materias primas, lo que creó excesos de oferta de petróleo y otros commodities en los mercados. Y los precios de estos bienes, como lo hemos apreciado en estas semanas, sufrieron fuertes reducciones.

Otra de las manifestaciones de la crisis fue la abrupta disminución de los movimientos de personas. La parálisis comenzó dentro de China, como consecuencia de los esfuerzos del gobierno para evitar la extensión del mal. Luego cayó el número de turistas en ese país y otras partes de Asia. Con la propagación de los contagios, miles de personas ahora evitan los viajes a Italia e Irán. De allí en adelante, las cancelaciones y los aplazamientos, todos los días, se suceden en cadena. El propio Partido Comunista de China aplazó la reunión anual del parlamento; los partidos de fútbol de Italia se juegan sin público; se canceló el Carnaval de Venecia y se suspendieron las peregrinaciones musulmanas a sus lugares sagrados. La prensa especula, incluso, que se podría posponer la olimpiada en Japón. Por la brusca caída del turismo y del movimiento de las personas, se produjo otro impacto sobre el crecimiento económico.

Como siempre en estos casos, los mercados cambiarios y de capitales reaccionaron alarmados. Los inversionistas, previendo el menor crecimiento, han procedido a vender masivamente bonos y acciones, y así se han desplomado las bolsas de casi todo el mundo. Los recursos han buscado los tradicionales refugios de valor: los bonos de Estados Unidos y el oro, cuyos precios han subido. Ante el fortalecimiento del dólar, se han devaluado muchas monedas, entre ellas el peso colombiano.

Frente a las noticias preocupantes y los movimientos de precios y monedas, algunas inversiones de capital y numerosos consumos se posponen o cancelan. Así se acentúa el problema económico.

Afanados, los economistas tratan de calcular el impacto de la pandemia. Como en otros países, el crecimiento del PIB colombiano va a ser menor que el esperado hasta hace unas semanas. Como es difícil predecir la magnitud y la duración de la crisis, no es posible todavía prever con alguna exactitud el tamaño del efecto definitivo.

No todas las noticias son malas. Así como hay una carrera contra el tiempo para producir una vacuna y medicamentos que protejan a la población, los banqueros centrales analizan la extensión del problema con el objetivo de utilizar, cuando sea necesario, sus herramientas expansivas para contrarrestar los previsibles impactos recesivos del virus.

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