Por: Francisco Gutiérrez Sanín

El vivo bobo

La reciente encuesta presidencial auspiciada por Caracol, Blu Radio y la revista Semana registró un remezón significativo. De repente, Sergio Fajardo saltó a encabezar el lote. Claudia López también obtuvo un magnífico resultado, más o menos duplicando, si no me equivoco, su anterior registro. Fajardo y López fueron los grandes ganadores, pero De la Calle igualmente subió bastante, convirtiéndose por fin en candidato viable. Alivio para sus muchos admiradores y amigos. La encuesta mostró que la apuesta anticorrupción —en sus distintos estilos y registros—, pero sobre todo la capacidad de aliarse y de hacerle propuestas programáticas al país, sí pueden dar réditos.

Esta clase de cuentas son un típico juego de suma cero: lo que se gana en un lado tiene que perderse en otro. ¿Quiénes salieron derrotados en la evaluación? Cierto, Petro se estancó. Pero sólo hubo un personaje que cayó en picada: Vargas Lleras. Sus continuas vilezas, sus pequeñas astucias que no engañan a nadie, su compulsión de jugar a cinco bandas, le han pasado una gran cuenta de cobro. La cultura paisa tiene una estupenda figura para retratar esta clase de personaje: la del vivo bobo, un tipo tan hábil, tan hábil, que termina enredándose a sí mismo. Ese intento de separarse de su partido, por ejemplo, a sabiendas de que se ha convertido en un ícono de la corrupción, pero a la vez utilizándolo como garrote contra el proceso de paz —¡y todo esto en nombre de “los principios”!— es una operación en la que confluyen de manera plena la ingenuidad y el descaro.

No que yo me haga a la ilusión de que esta clase de ardid necesariamente le salga mal a todo el mundo. A algunos prestidigitadores —unos pocos privilegiados— les resulta magníficamente. Vargas no es uno de ellos. Lo que ha hecho sistemáticamente el demócrata del coscorrón es sacrificar votos centristas, que sí están en competencia, para conseguir votos de derecha. Me imagino que Vargas cree que son más. Discutible pero no absurdo. El problema de fondo es que ellos, en esencia, están pignorados: quizás (aunque no estoy seguro) se puedan obtener sin Uribe, pero definitivamente no contra él. Y Uribe, por supuesto, está que baila en una pata por haber conseguido a un aliado parlamentario para tratar de sabotear el proceso de paz. No le importa que Cambio Radical hieda: está acostumbrado a tratar con estos materiales de detritus. Pero, creo, eso no quiere decir que deje de considerar a Vargas un tipo peligroso y sin escrúpulos, experto en recibir de todos y después volarse con las ganancias. Tengo la impresión de que todo el uribismo profundo comparte esta valoración. El lector juzgará si en este punto particular acierta o se equivoca.

Y esto me lleva a una última reflexión relacionada con la encuesta. El uribismo todavía no ha escogido candidato. Eso lo cambiará todo. Claro: el caudillo no es omnipotente. De hecho, enfrenta serios problemas. Pero su margen de maniobra sigue siendo muy grande. Si logró darle vida a alguien como Óscar Iván Zuluaga, tengan la seguridad de que cuando por fin dé con algún candidato viable tendrá una posibilidad muy real de ganar. Esto tiene implicaciones claras: la alianza de los tres tenores es un hecho muy significativo —como lo demostró el que Uribe los escogiera ya como blancos de sus agresiones—, pero aún falta más. Constituye la proverbial condición necesaria pero no suficiente para empujar a este país por la ruta de la paz sostenible. Se necesitan los votos del resto del centro, de parte del centroderecha, y de la izquierda. La anterior Ola Verde, por allá en 2010, con su arrogancia y prejuicios, le cerró las puertas en las narices a ese otro 15-20 % del voto que le hubiera permitido jugar en serio. No se puede repetir este error.

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