Por: Alberto Carrasquilla

El Voto Atormentado

Es frecuente que los observadores mas dedicados que tiene la política, aquí y en Cafarnaúm, se lamenten por la ausencia de un debate a fondo de los temas que consideran cruciales --la salud, la educación, la justicia-- y que procedan a atribuirle la apatía de los electores, cuando no las falencias sistémicas del país, a esta presunta ausencia.

Este lamento, desde luego, tiene su asidero. Sin duda, una sociedad abierta al debate, permanentemente inmersa en el contraste tolerante y receptivo de cada punto y cada subpunto de una agenda amplia y diversa, es mil veces preferible a todos sus opuestos. El punto de fondo es que este ideal platónico carece de referente en la vida real, en el día tras día de unos ciudadanos de carne y hueso, dotados con dos propensiones que los observadores de marras se la pasan lamentando.

La primera propensión es a la apatía electoral. Es amplísima la literatura especializada que le dedica esfuerzos a explicar la participación efectiva de los electores en las urnas de las democracias y mucha la tinta que se ha derramado, en diversos países, en torno del fenómeno de la merma que se observa en la participación con el paso del tiempo. En Colombia, por ejemplo, en la primera vuelta de la elección presidencial votamos 13 de los 32 millones de ciudadanos que formamos el censo electoral y parece existir cierto consenso alrededor de la idea de que esta es una cifra (39,5%) preocupantemente baja. Sin duda que la cifra es baja, tanto en términos históricos como en términos comparativos internacionales. Basta recordar dos cositas. Una, que entre 2002 y 2010 el promedio estuvo en 45% y, dos, que en la pasadas elecciones para parlamento europeo, rodeadas de una apatía y de un escepticismo ampliamente comentados, la participación fue de 43%, bastante superior a la colombiana.

Contrario a la preocupación que carga la sabiduría convencional, muchos politólogos se sorprenden no por lo pequeña que es la cifra de 39,5%, sino por todo lo contrario: resulta muy difícil explicar con argumentos convincentes por qué 13 millones de personas acudimos a las urnas, siendo cierto que un simple voto carece de toda significancia a la hora del conteo y que todos lo sabemos. Ideas y conceptos como la del “deber ciudadano”, la “responsabilidad democrática” o la simple “después no se queje” suenan razonables pero deben formar parte de una teoría mas general atinente, quizás, a las normas éticas de comportamiento, muchas de ellas no escritas, que subyacen la dinámica de toda sociedad. La inquietud por la baja participación debería elevarse a una inquietud mas general sobre las normas éticas de comportamiento que, sin ser explícitas, nos amparan a todos, derecha e izquierda.

La segunda propensión de los electores es a cierto apasionamiento que, según dicen, riñe con la mesura racional, con la ponderación reflexiva de los asuntos nacionales que debería primar a la hora de depositar el sufragio. Los 13 millones de votantes de Mayo, dice el argumento, privilegiamos nuestras intuiciones viscerales, nuestras simpatías instintivas y nuestros repudios primarios por encima de cualquier reflexión serena y objetiva. El hecho es que el planteamiento es cierto --poco tiempo le gastamos, en general, a pensar comparativamente en programas y propuestas-- pero eso no baja ni la calidad ni la dignidad de cada voto. La idea es sencilla: votar con el instinto es votar moralmente, votar con base en convicciones profundas referidas a principios fundamentales. En un magnífico libro reciente, el Profesor J. Haidt plantea, tras mucho años de cuidadosa investigación, que esta moralidad difiere de manera importante y cuantificable en seis dimensiones concretas a lo largo del espectro político. Un ejemplo obvio es que la gente de izquierda valora más conceptos éticos como la equidad y la empatía y la gente de derecha valora más conceptos éticos como la autoridad y la lealtad. En esa línea de ideas, lo cierto es que el voto correspondiente se deposita por el candidato que mas se acerque en términos morales al sufragante respectivo. El punto de fondo es que, en general, el acto de votar con el corazón, como a veces se dice despectivamente, es un acto moral y ese solo hecho lo dignifica y lo valora.

Todo lo anterior para decir que no me atormenta la baja participación que probablemente observaremos el domingo, ni el hecho de que quienes acudiremos nuevamente a las urnas, vamos a votar con base mas en la intuición, que es una manifestación moral, que en en un detallado y sesudo análisis comparativo.

@CarrasqAl
 

 

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