Por: Mauricio Rubio

El youtuber y sus víctimas

El reportaje sobre las exparejas de Nicolás Arrieta, adalid de redes sociales, ilustra la época.

Si de mí dependiera, como medida elemental a favor de la juventud colombiana, mandaría a ese patán a algún internado, mejor inglés, para que lo civilizaran y educaran. Dicho esto, es vergonzosa la caja de resonancia mediática a cinco idealistas que se enamoraron de ese malcriado y ahora buscan figurar como víctimas en un país recién salido de la guerra.

Un legado deplorable del activismo utópico es haber convencido a mujeres incautas de que el mundo ideal es un derecho, que todos sus sueños se deben cumplir y, lo peor, que no tienen responsabilidad sobre sus propias decisiones que les salen mal: la culpa recae sobre un sistema patriarcal que las ha sometido desde siempre.

Estamos aprendiendo que una aventura individual incierta, compleja y fascinante, como es buscar, iniciar y mantener una relación romántica y sexual satisfactoria, tiene que funcionar bajo estándares idealizados, así se emprenda con quienes anuncian a los cuatro vientos que serán un desastre. A ninguna mujer razonable se le ocurriría acercarse a un adolescente ególatra que ofrece en redes sociales un tutorial sobre “cómo torturar a tu ex”. La señal de alarma era incontrovertible: “Somos gente inmunda y horrible y disfrutamos con el sufrimiento de todos los seres humanos, ¡ja! ¡ja! ¡ja!”.

Si una ingenua joven decide dejar de ser virgen con semejante cafre, es un descaro lamentar que el idilio no fue tan romántico como deseaba. Nadie puede subirse en una montaña rusa exigiendo no sentir susto, o ennoviarse con un pandillero pidiendo garantía de no correr peligro. Tampoco tiene sentido que una adolescente espere recibir de un guache famoso el mismo tratamiento cariñoso que le habrían dado los pretendientes tímidos que ella despreció precisamente por ser comunes y corrientes, no estrellas. Las calamidades ya estaban explícitamente anunciadas en la red. A una de las víctimas, Arrieta la “penetraba sin estar lista y cuando le decía que me dolía no se detenía”. Otra “era virgen cuando empecé a estar con él y me hacía sentir mal por eso”. A una tercera le dijo que no creía que fuera virgen porque no sangró. De la cuarta se burlaba porque “decía que yo era una persona aburrida y no alegre como antes, que me faltaba sexo porque andaba deprimida”.

Aún más insólito que este memorial de agravios de mujeres frustradas porque un egocéntrico no actuó como el príncipe azul que imaginaban es el atractivo de esos chismes para la prensa progre: entrevistas a profundidad, careo al abusador y consulta a especialistas en género. Este trabajo de campo entre la clase alta está en las antípodas del nulo interés que ese periodismo de vanguardia, y el feminismo tradicional, han mostrado por Sara Morales y las desertoras de las Farc asociadas en la Rosa Blanca. “Me llevaron a la fuerza a los 11 años de edad… Yo salí a comprar el desayuno y en la tienda me abordan dos personas armadas, me suben a un camión donde había unos 60 menores más”. A los 15 días empieza el “asunto” de las violaciones. “Llevan niñas nuevas, es un carnaval de carne, los comandantes escogen, miran, yo quiero a esta y a esta para mi unidad”. A Sara Morales la sacaron para el frente donde sufriría una década de ataques sexuales. “Me llevaron, me golpearon. Yo en ese momento quería que mi mamá estuviera a mi lado”. Algunos comandantes obligaban a los guerrilleros rasos a participar para que quedaran “untados”. Cuando en una asamblea Sara Morales y una compañera denunciaron las violaciones “nos cogieron de burlesco, de payasas, todos se burlaban de nosotras y aparte de eso me ponen a bailar con el comandante que había hecho la violación, para que la guerrillerada entendiera que no había ningún problema, ya eso había quedado sanado”.

Supera mi capacidad de comprensión que activistas supuestamente preocupadas por la violencia sexual, que critican continuamente el nefasto silencio sobre esos ataques, puedan ignorar tales testimonios, no solidarizarse con las víctimas, ni indignarse porque los victimarios puedan quedar impunes. La autoridad intelectual y moral que les queda tras ese monumental descache se asemeja a la del estridente youtuber.

El sesudo periodismo de género nos aclara que Arrieta no cometió ningún delito y que lo realmente grave es una violación. Ante todo, interesa machacar por el cambio de un sistema que “permite o justifica la agresión sexual de las mujeres y que les dice a los hombres que los cuerpos de ellas están para su satisfacción”. Transformarnos a todos, buscar el esquivo nirvana, el hombre nuevo de cartilla, en lugar de rescatar principios, focalizarse, definir prioridades y exigir sanciones para quienes infringen el código penal con ataques sexuales que no prescriben.

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