Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Elecciones… ¿constituciones?

Este domingo tendremos la primera de las tres grandes pruebas que nos esperan este año: elecciones al Congreso. Contrariamente a lo que predica cierto lugar común, tendremos abundancia de excelentes candidatos. Después de mucho pensarlo, me decanté por dos. Para Senado votaré por Luz Marina Bernal, una de las madres de Soacha, cuyos hijos fueron asesinados en ese oscuro y pavoroso episodio de la historia nacional que denominamos “falsos positivos”. Después Uribe los insultó y revictimizó. Quiero que su voz digna, a veces con acentos de rabia pero nunca de odio, sea oída en el Congreso. Sería algo realmente renovador. Para Cámara iré por Juanita Goebertus, una pacifista seria que —de manera bastante excepcional— está dotada de un espíritu conciliador creíble y genuino.

Ya veremos qué resulta de esta votación. En paralelo, ha resurgido la propuesta de convocar otro cuerpo colegiado: una asamblea nacional constituyente. Alrededor de esto se ha ido creando una suerte de pánico moral, con base en el hecho de que Chávez también reunió a su constituyente. Tal clase de argumento no debería impresionar a nadie. Si Maduro camina hacia adelante, no querré llevarle la contraria movilizándome como un cangrejo. De hecho, alguna vez me enfrenté a un razonamiento análogo cuando denuncié la catástrofe del régimen venezolano. “Eso es lo que dice Uribe”, retrucaron varios tanto en redes sociales como en otros ámbitos. Les respondí a todos que si Uribe dice que dos más dos son cuatro, no trataré de refutarlo. Además, aquí en Colombia se ha jugado con la idea de una constituyente desde todos los lugares del espectro político: la izquierda, ciertamente, pero también el centro (De la Calle) y la derecha.

La discusión comienza a ponerse interesante cuando se hacen las dos preguntas fundamentales. Primera: ¿cuáles serían sus costos? Es fácil identificar los principales. Por un lado, inevitablemente, hay riesgos involucrados en la operación. Como dijo en televisión Héctor Riveros, “se sabe cómo comienzan, pero no dónde terminan”. Por el otro, la Constitución de 1991 es un referente de democratización y apertura. ¿Para qué cambiar al cabo de 20 años unas reglas avanzadas e incluyentes?

Segunda: ¿cuáles son sus beneficios potenciales? Probablemente sean menos obvios que los costos. Pero también podrían ser bastante altos. Diría que una constituyente adquiere sentido si cumple dos operaciones. De una parte, adelantar algunas reformas fundamentales en un país que hace agua por muchos lados. De la otra, estabilizar. Pocos parecen darse cuenta de que estamos parados sobre un depósito de dinamita. La derecha ha tomado un curso de acción cada vez más radical, el desgaste de las instituciones es enorme. Entre más lo pienso, más me convenzo de que esta situación es completamente insostenible. Todo esto también puede mirarse desde la perspectiva del riesgo: no hacer nada en esta clase de situación es peligrosísimo. Algunos problemas políticos, sociales y de diseño institucional muy severos necesitan una solución seria y relativamente rápida, que no parece alcanzable por la vía de los canales convencionales.

Si lo que estoy diciendo es cierto, o siquiera plausible, entonces la reacción constructiva frente a la propuesta de una constituyente no es la histeria de rigor, sino una doble interpelación a los candidatos. Primero: dígame cuál es el plan de ajuste institucional que está proponiendo. Qué quiere cambiar, y para qué. Claro, no con todos los detalles, pero sí en sus lineamientos generales. Segundo: dígame qué papel atribuye a sus adversarios en su constituyente. Cuáles garantías e incentivos va a usar para incorporarlos a un proceso en el que participen de buen grado. A propósito: lograr convocar apasionadamente a gente de las tendencias más divergentes fue uno de los milagritos que logró la Constituyente de 1991.

Una iniciativa constitucional que no incluya elementos serios y simultáneos de reforma y estabilización debería ser criticada y desechada. Una que los contenga debería merecer una consideración seria.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Francisco Gutiérrez Sanín

¡Que devuelvan la plata!

Desmemorias

El mundo de ayer

Morir por partida triple, ¿o peor?

Opciones naranjas