Elecciones: De la Tragedia a la Farsa

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Viendo la "guerra sucia" entre las campañas de Juan Manuel Santos y de Oscar Iván Zuluaga me he acordado de una de las frases de Marx más citadas según la cual la historia se repite, la primera vez como tragedia, la segunda como farsa.

Por allá en los años 20 del siglo pasado, en los tiempos de Marco Fidel Suárez, dos dirigentes políticos de proyección nacional, el uno liberal y el otro conservador, desarrollaron una estrecha amistad personal y lo que parecía ser una duradera alianza política: Alfonso López Pumarejo y Laureano Gómez. Pocos años después iban protagonizar uno de los enfrentamientos ideológicos más profundos y letales de la historia de Colombia. En circunstancias normales no tenía por qué ser así. Ambos eran producto del "Establishment" colombiano, ambos estaban resueltos a preservar el orden del cual habían sido beneficiarios. Aunque a diferencia de Gómez, López Pumarejo estaba dispuesto a hacer algunas cuantas reformas de índole progresista para prevenir un estallido de posibles tintes revolucionarios, acusarlo de comunista, como lo hacía el laureanismo un día sí y otro también, era un infundio de esos que al comienzo es fácil confundir con puro oportunismo electoral. Pero con el tiempo esos vuelos retóricos dieron paso a la provocación concreta, a la "acción intrépida" y finalmente la guerra civil.

Santos no es López Pumarejo. Al comienzo de su mandato dijo que quería ser un traidor a su clase. Ha fracasado estrepitosamente en ese propósito. Los grandes intereses económicos que apuntalan su coalición no se han visto amenazados en ningún momento e incluso tienen asiento en el gabinete ministerial. La tan aplaudida ley restitución de tierras va a paso de tortuga. Sin embargo, Uribe lo sigue acusando de ser la punta de lanza del castro-chavismo.

Curiosamente, el meollo del enfrentamiento sigue siendo el mismo: la tierra. López Pumarejo se granjeó el odio perenne del conservatismo rural colombiano por cuenta de su intento de reforma agraria. Hoy en día a Santos le cae un diluvio de twitterazos por contemplar la posibilidad de, ¡horror de horrores!, llevar a la realidad unas zonas de reserva campesina que están contempladas en la legislación colombiana desde hace ya 20 años.

Pero a pesar de las semejanzas entre los dos episodios, hay muchas diferencias. Una de ellas, tal vez la más importante, es que ahora no hay ningún asomo de revolución. Dejemos que los historiadores decidan qué tan grande era la amenaza revolucionaria en los 30s cuando comenzaban a surgir movimientos de protesta, obreros y campesinos, muchos de inspiración socialista o comunista, que rechazaban al bipartidismo. El hecho es que ahora está claro que, a menos que pase algo muy raro, en Colombia no va a haber revolución. Lo saben las FARC que están mostrando con su agenda de La Habana que se conforman con unas cuantas reformas económicas y un espacio político legal desde el cual operar. Lo sabe el gobierno que mantiene las negociaciones a pesar de las ocasionales provocaciones típicas de un proceso de estos. Lo saben los Estados Unidos que han demostrado estar totalmente tranquilos con las conversaciones. Lo saben también los votantes. Si no, ¿cómo se explica que aunque el 66% dice estar pesimista con el proceso de paz, menos del 20% está dispuesto a votar por Zuluaga? Si de verdad el proceso de paz fuera una amenaza seria al statu quo, todo ese 66% estaría ahora con el uribismo. Seguramente lo saben Uribe y Zuluaga, pero no lo pueden decir en voz alta porque se vendría abajo la campaña.

La otra diferencia es el papel del latifundio. Colombia es hoy un país más urbano que a mediados del siglo XX. La gran sagacidad de Santos (y, por qué no decirlo, su mayor acto de coraje en medio de un gobierno vacilante y timorato) consistió en que le apostó a que es posible formar una coalición de gobierno sin necesidad de contar con los terratenientes más reaccionarios. En su lugar, los conglomerados agroindustriales, muchos de ellos con capital multinacional, parecen darle la gobernabilidad necesaria. Si el proceso de paz de Santos puede llegar a funcionar se deberá en gran medida a que los intereses rurales que siempre habían obstruido todo intento de reforma y de negociación con la insurgencia han perdido ya su poder de veto. No, por supuesto, su poder de perturbación y por eso el proceso puede complicarse todavía como lo muestran los escándalos de los últimos días. Además, es obvio que la agroindustria también va a generar conflictos agrarios. Pero, si tenemos suerte, ya no se resolverán a bala, o con menos balas.

A pesar de sus relaciones personales, las circunstancias históricas se encargaron de que López Pumarejo y Gómez representaran dos coaliciones irreconciliables, dos proyectos de país distintos. Tan es así que cada uno desde la presidencia impulsó una reforma constitucional de fondo. La de López Pumarejo enfocada a consagrar principios liberales como la extensión del sufragio y la función social de la propiedad, mientras que la fracasada reforma de Gómez intentaba hacer de Colombia un estado corporatista similar al de la dictadura de Franco en España. En cambio, Santos y Uribe comparten los puntos esenciales de su proyecto de país, especialmente en lo que hace a las relaciones con el capital internacional y el papel de las exportaciones de recursos naturales. Los separa el peso relativo de la extrema derecha, especialmente de origen rural y paramilitar en cada una de las coaliciones. Mientras que para Uribe esa extrema derecha es fundamental y solo se puede satisfacer en condiciones de guerra permanente contra las FARC, para Santos juega un papel subordinado, que es lo que le da margen para el proceso de paz.

Por eso, lo que antes fue tragedia hoy es farsa. Dejando de lado por un momento la gravedad de los hechos, incluso de resultar ciertas las denuncias, ¿no resulta acaso digno de una farsa el que Uribe, ahora de expresidente, acuse a Santos de delitos que seguramente él pudo haber conocido y documentado cuando era presidente, delitos que, como para completar, involucran a quien fuera también uno de sus asesores? ¿No resulta acaso digno de una farsa que un hacker con severos indicios de desequilibrio sea pieza fundamental de una campaña presidencial? ¿No resulta acaso digno de una farsa que en la que supuestamente iba a ser una elección crucial para el futuro del país los candidatos más importantes no presenten propuestas serias y escamoteen los debates? ¿No resulta acaso digno de una farsa que Pacho Santos...? En fin, terminen Uds. la frase como quieran.

Dije atrás que en Colombia no va a haber revolución, a menos que pase algo muy raro. Y claro, a veces pasan cosas raras. En eso el precedente histórico parecería alarmante. El enfrentamiento entre liberales y conservadores en los años 40 no solo costó millares de muertos sino que, paradójicamente, casi termina por destruir el mismo régimen que ambos querían defender y por dar origen a las fuerzas revolucionarias que ambos querían evitar. Al fin y al cabo, existe una continuidad histórica entre las FARC y los campesinos insurrectos que se alzaron contra la dictadura civil de Laureano Gómez. Por otro lado, el conflicto entre los dos partidos los dejó tan deslegitimados que hizo que lo impensable se volviera posible: un gobierno de un militar populista que no dependía de ninguno de los dos. Claro, ahora resulta que el nieto de aquel militar está detenido como parte del "carrusel de la contratación." ¿No les dije? ¡Pura farsa!.

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