Por: Arlene B. Tickner

Elecciones en Brasil I

El próximo 3 de octubre más de 130 millones de brasileños elegirán 27 gobernadores y legislaturas estatales, 513 diputados y 54 senadores federales, y nuevo presidente.

Desde la transición a la democracia en 1985 será la primera vez en que el nombre de Luiz Inácio Lula da Silva no figura en el tarjetón. Tal vez por ello, en lugar del debate político sobre propuestas específicas para el futuro, lo que ha primado en las elecciones en Brasil es un plebiscito sobre el “lulismo”. Y con una tasa de aprobación de 80% no es sorprendente que los candidatos a reemplazar al “político más popular del mundo” se peleen por mostrar credenciales para seguir con su legado.

En entrevista reciente con el Financial Times, Fernando Henrique Cardoso (FHC) afirmó, no sin razón, “yo hice las reformas y Lula surfeó las olas”. Como Ministro de Finanzas y después presidente, FHC puso fin a los ciclos endémicos de crisis económica e hiperinflación, asentando las bases para el crecimiento sostenido. Al asumir su cargo en 2003, Lula mantuvo la mayoría de las políticas macroeconómicas heredadas de FHC y las aprovechó, junto con una coyuntura internacional favorable, para fomentar el empleo, aumentar los salarios, expandir el mercado de consumo interno y combatir la pobreza y desigualdad. Su programa estrella, Bolsa Familia —que algunos han criticado de ser simple asistencialismo— ha beneficiado a 35 millones de pobres, convirtiendo a Lula en no menos que un mito, sobre todo en el nordeste del país.

Si la intención de voto se mantiene estable, lo más probable es que la candidata del Partido dos Trabalhadores (PT), Dilma Rousseff —seleccionada por el presidente mismo para sucederlo— gane en primera vuelta. Se trata de una mujer que militó en la izquierda armada y fue amnistiada después de la dictadura; actuó como secretaria de Energía de Río Grande do Sul; se unió al PT en 2001, y se convirtió en mano derecha de Lula, primero como ministra de Minas y Energía y después ministra de Casa Civil (jefe de gabinete), la cual ha estado envuelta en múltiples escándalos de corrupción. De ganar la presidencia —lo cual se da por descontado— será el primer cargo de elección popular que ocupa y será principalmente por su padrino político y no el PT.

El consenso general en Brasil es que Lula quiere volver a lanzarse en 2014, con lo cual difícilmente resistirá la tentación de interferir en el gobierno de Dilma e incluso ejercer un poder paralelo. Cómo administra la futura presidenta el “factor Lula”, qué nivel de influencia adquieren sobre ella los sectores “radicales” del PT y con qué habilidad negocia con la coalición de gobierno en el Congreso —compuesto por cerca de 10 partidos— serán factores determinantes del futuro político brasileño.

Con “el hombre” Lula, el Brasil del eterno futuro por fin parece haber encontrado el suyo, y con ello, una autoconfianza sin precedentes en relación con el resto del mundo (tema que trataré en mi próxima columna). Está por verse qué tantas olas deja a su segura sucesora para surfear, la destreza de ésta para montarse sobre las crestas y la probabilidad de que Brasil siga avanzando sin dormir sobre sus laureles.

 

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