Por: Pascual Gaviria
Rabo de ají

Elecciones incógnitas

En Medellín la política se ha convertido en sencilla mnemotecnia. Un juego infantil donde el ciudadano marca nombres de oídas y caras ojeadas en un tablero llamado tarjetón. Estamos en el más primario de los escalones electorales, en la simple asociación por reflejo de la memoria, mucho antes de las ideas, los proyectos, los perfiles ideológicos y los recorridos en las funciones públicas. El candidato que encabeza las encuestas tiene dos grandes ventajas competitivas: su nombre y su apellido, que resultan familiares por haber fatigado los espacios políticos y judiciales en el departamento. El susodicho nunca había hecho una campaña política en nombre propio. Por eso, en una encuesta de Yanhaas a un poco más de un mes de las elecciones, solo una tercera parte de quienes respondieron dijeron conocerlo. De modo que el alcalde de la ciudad podría ser un imperfecto desconocido para la gran mayoría de sus habitantes.

Del segundo en las encuestas digamos que ha hecho casi toda su carrera pública en Bogotá. Caminando por diversas sedes políticas, marcando directorios y tocando puertas adornadas con todo tipo de logos partidistas. Luego de recorrer tres partidos y coquetear con dos más, ha decidido ser independiente. Medellín es la ciudad de sus nostalgias juveniles, donde ha acumulado dos aventuras electorales. La primera, hace 12 años cuando falló en su intento de ser concejal por el Partido Conservador. En ese tiempo pintaba de azul el marrano que le servía de alcancía en su campaña. Luego lo pintaría de verde y de rojo. Un marrano variopinto. La segunda fue hace ocho años al apoyar la candidatura de su hermano, ahora vestido de verde, para el Concejo de Medellín. Así logró un paso fugaz y por interpuesta persona en los corrillos de La Alpujarra. Según la encuesta citada, uno de cada cuatro ciudadanos dice conocerlo. A los demás candidatos no los conocen el 80 % de los encuestados.

Medellín no tiene siquiera alguien de la farándula, el deporte, los medios o el sector privado en la brega por la Alcaldía. La segunda ciudad del país muestra un desalentador desdén por lo público, un doloroso retrato de la anemia política y la apatía electoral. Mucho oficinista y poco candidato. A un mes de elecciones el No sabe/no responde y el voto en blanco suman el 40 % en las diferentes encuestas. Hace cuatro años el 57 % de los habitantes con cédula no encontraron incentivos suficientes para marcar a alguien en el tarjetón, el 51 % no llegó a alguna de las 4.000 mesas de votación y el 6 % votó en blanco. Este año, con un listado de candidatos más amplio y menos sonados, será mucho más fácil comprar votos, el precio será mucho menor. A fin de cuentas, si no conozco a nadie al menos le saco un peso al deber ciudadano… y al deber en la tienda, en la factura, en el gota a gota. Un estudio de Transparencia por Colombia realizado hace dos meses dice que el 40 % de los más de 1.000 encuestados manifestaron haber recibido ofertas de sobornos o favores especiales por su voto en los últimos cinco años. La falta de un liderazgo cierto, basado en hechos e ideas, solo lleva a marchitar el espacio que ha ganado el voto de opinión en las capitales.

Es muy diciente que en Medellín, donde las figuras de Uribe, Fajardo y Federico Gutiérrez tienen alto reconocimiento político, sus señalados sean secretos tan bien guardados. Esos liderazgos enfocados en lo personal han logrado que la ciudad viva una política que solo responde a la intermitencia electoral, lejos del debate y el escrutinio público. El dedazo comienza a ser una estrategia gastada y perdida. Es hora de señalar menos y proponer más.

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2019-10-02T00:00:57-05:00

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