Por: Arlene B. Tickner

Elecciones israelíes y el “statu quo”

Descifrar la política israelí no es tarea fácil, más aún en un contexto en el que el probable ganador de las elecciones parlamentarias, Benjamín Netanyahu, enfrenta un juicio por corrupción; su principal contendor, el excomandante militar Benny Gantz, no promete grandes cambios frente a temas neurálgicos como la seguridad, sino una alternativa viable y más honesta que Bibi —cuya permanencia en el poder se debe al exitoso discurso de que sin él Israel se verá más amenazado por sus enemigos, especialmente Irán—, y la mayoría de la población se resigna al statu quo, pese a la existencia de problemas sociales agudos como la pobreza.

La aprobación el año pasado de la controversial ley de Estado-nación, que establece que Israel no es de todos sus ciudadanos sino solamente de los judíos, sugiere un deterioro palpable de la democracia en ese país, ya que legaliza la existencia de ciudadanos de primera (judíos) y segunda clase (árabes). Sin embargo, al mismo tiempo la investigación a Netanyahu realizada por el fiscal general y su intención de enjuiciar al primer ministro por soborno y fraude recalca la existencia de instituciones robustas que siguen garantizando el Estado de derecho, al menos frente a ciertos temas y para algunos.

Como ha ocurrido en el caso de Trump, segmentos electorales de la derecha en Israel se preocupan menos por los posibles crímenes de Netanyahu —que ha descalificado las acusaciones contra él como una “caza de brujas” de la izquierda— que por la defensa activa de sus intereses. El traslado de la embajada estadounidense a Jerusalén, el reconocimiento de Washington a la soberanía israelí en los Altos de Golán, la devolución del cuerpo de un soldado israelí muerto en la primera guerra del Líbano con ayuda rusa y, en general, el acercamiento con Putin —que ha llevado a su silencio ante los bombardeos israelíes a blancos militares de Irán en Siria, entre otros actos que normalmente serían condenados por Rusia— han sido instrumentalizados por el primer ministro para acreditar sus habilidades como veterano ajedrecista internacional.

Dada la fragmentación del escenario partidista en Israel —existen alrededor de 40 partidos—, la posibilidad de ganar una mayoría en el Knesset es nula. Si el partido Azul y Blanco de Gantz asegura más escaños que Likud y si Netanyahu no parece contar con el apoyo de todos los partidos de derecha y los religiosos, el presidente Reuven Rivlin podría pedirle a Gantz formar un gobierno de coalición. Empero, si a Netanyahu se le invita a hacerlo, Israel podrá tender a una mayor radicalización, ya que los grupos de extrema derecha reclamarán su rol en la reelección y exigirán adoptar políticas más audaces, tales como la anexión de Cisjordania.

Sea quien sea el ganador, y pase lo que pase con Netanyahu —quien probablemente tendría que renunciar de ser imputado—, lo cierto es que las profundas divisiones étnicas, religiosas y políticas que existen al interior de la sociedad israelí siguen favoreciendo a la derecha, bloqueando la posibilidad de alternativas políticas reales y alejando la búsqueda creíble de la paz, frente a la cual la mayoría parece haber perdido esperanza o interés.

 

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