Por: Arlene B. Tickner

Elecciones no tan fársicas

Las elecciones en Irán, a celebrarse el 19 de mayo, son cerradas e injustas. La selección de los candidatos está en manos del Consejo de Guardianes, la mitad de cuyos miembros son nombrados directamente por el ayatolá Alí Jamenei, líder supremo desde 1989, quien ejerce también como jefe de Estado y máxima autoridad político-religiosa. De las 1.636 personas que se postularon para estas presidenciales —entre ellas representantes de las minorías religiosas y mujeres, y el polémico Mahmoud Ahmadineyad— tan sólo seis fueron aprobadas, todos hombres musulmanes chiitas.

Sin embargo, una vez oficializados los candidatos, el proceso electoral es más competitivo y menos manipulable de lo que se cree, y sus resultados reflejan, al menos en parte, el sentimiento popular. Como lo demostró la contienda de 2009, en la que el fraude que llevó al triunfo de Ahmadineyad alimentó protestas multitudinarias, el robo abierto de elecciones es arriesgado como estrategia para preservar el statu quo, ya que demanda mayor represión y genera una polarización indeseable.

Si bien ningún candidato presidente ha perdido la reelección en la historia post-1979 de Irán, Hassan Rouhani, quien representa el ala reformista del espectro político, no la tiene fácil. Pese a haber negociado en 2015 el acuerdo nuclear y el levantamiento de sanciones que arruinaron la economía iraní, reducido la inflación, impulsado el crecimiento y combatido la corrupción, la desigualdad, el costo de vida y el desempleo —sobre todo en el caso de las mujeres y los jóvenes— han alimentado el descontento con el Gobierno. Además de convencer a los electores de los cambios positivos efectuados, la campaña de Rouhani ha buscado combatir la apatía y posible abstención entre la clase media urbana, su principal base de apoyo.

Por su parte, los esfuerzos de los conservadores “principalistas” han girado en torno a cuestionar los supuestos réditos económicos del acuerdo nuclear y reducir su lista de candidatos —como se evidencia en el retiro reciente del alcalde de Teherán, Mohammed Baqer Qalibaf— con miras a aumentar las posibilidades de triunfo de Ebrahim Raisi, un clérigo respaldado por la omnipotente Guardia Revolucionaria y que se perfila como posible sucesor del ayatolá Jamenei.

Aunque la política exterior y de seguridad es controlada por el líder supremo, el presidente goza de algún margen para influenciar la toma de decisiones y su implementación, como bien lo ilustra el caso del acuerdo nuclear. Así, y siendo Irán un jugador clave en Oriente Medio —en buena medida por la agresividad con la que ha actuado en países como Irak, Siria y Yemen, incluso durante el gobierno de Rouhani—, el resultado de estas elecciones no tan fársicas tiene repercusiones en la política mundial. De elegirse el conservador Raisi, quien ve las relaciones con Occidente como corruptoras y contraproducentes, la tendencia hacia la inserción internacional impuesta por Rouhani se puede reversar y la estrategia iraní tornarse más provocadora, dando motivos a Estados Unidos, Arabia Saudita e Israel a contrarrestarla, en lugar de buscar soluciones a los problemas de la región para las cuales Irán es parte indispensable.

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