Por: Ignacio Mantilla

Elecciones, tarjetones, fotocopias y simplicidad

Es probable que con este título algunos lectores interpreten que me voy a referir a los resultados de las últimas elecciones para el Congreso, con algún sesgo político. No pretendo en este artículo ahondar sobre las calidades de los congresistas elegidos, ni llevar a cabo análisis político alguno; sólo quiero compartir con los lectores unas modestas reflexiones sobre la logística y la “lógica” que tiene la Registraduría para atender a los electores.

Debido a que la falta de tarjetones para las consultas de los partidos en algunas mesas de votación ha generado diversas críticas (no es para menos), he querido imaginar lo que habría podido hacerse para evitar tan grave situación.

Tal vez existe alguna norma que lo impida y que desconozco, pero, de no ser así, aún no entiendo por qué razón no consideró la Registraduría un único tarjetón para las dos consultas, que presentara la de Caicedo y Petro en media página (la del lado izquierdo, por ejemplo) y la de Ordóñez, Marta Lucía y Duque en la otra media página. Esta elemental solución ya habría reducido a la mitad el número de tarjetones necesarios para participar, pero además resuelve otro problema que identifiqué y que parece haber pasado desapercibido, pero tan grave, o más aún, que el de la falta de tarjetones. En efecto, presentar las opciones para la consulta de cada uno de los partidos en tarjetones separados obliga al sufragante a pedir uno de los tarjetones o ninguno y por lo tanto informar al jurado de la mesa sobre su decisión de participar en una determinada consulta, con lo que se viola la privacidad y deja de ser secreta su decisión de votar la consulta de uno u otro partido o de no participar en ninguna. Por ejemplo, en la mesa 1, en la que votó el presidente, hombre público ampliamente conocido e identificable, el jurado supo si él votó la consulta de Petro, la de Duque o ninguna de las dos. Y también si algún miembro de su familia, que votó en la misma mesa, tomó una decisión diferente a la suya.

Una solución aún mejor y todavía más simple hubiese sido incluir en el tarjetón para el Senado una línea más para las consultas. Con esta opción se elimina por completo el riesgo de perder la privacidad por las preferencias del sufragante y se eliminan tarjetones de más. ¿Se imaginan si hubiese habido cinco o más partidos en consultas? Yo me atrevo a sospechar que, como ocurre en muchas entidades, se impone la frase de algún funcionario que afirma: “siempre se ha hecho así”, que termina forzando una decisión.

Pero también vale la pena preguntarse cómo simplificar los tarjetones. En las pasadas elecciones, el tarjetón para Senado tenía 16 partidos o movimientos políticos, más los movimientos de la circunscripción especial de comunidades indígenas y la opción del voto en blanco. Algunos partidos inscribieron 100 candidatos, otros un número menor, pero lo cierto es que el elector debía marcar una de 1.076 opciones para el Senado, lo que implica un alto riesgo de equivocarse. Algo similar se presentaba en el tarjetón con las opciones para elegir representantes a la Cámara.

Cabe preguntarse, entonces, si no será ésta también una de las causas por las que hubo un 23,7 % de votos nulos o no marcados, una cifra altísima que da una señal de las dificultades que tenemos los colombianos frente al tarjetón para votar. Aunque es imposible de determinar, sospecho que también un alto número de votos válidos fueron erróneamente marcados, dando así el voto a otro candidato, sin que el mismo elector lo haya sabido. Pero, sin lugar a dudas, la complejidad del mecanismo de selección de candidatos es responsable del alto número de votos nulos.

Lo sucedido en las últimas elecciones es una importante alerta de algo que no está bien y que no se puede resolver con decisiones improvisadas o planes de contingencia cuestionables, tales como la sustitución de los tarjetones por fotocopias.

Una de las más famosas frases de Albert Einstein dice que “si buscas resultados distintos, no intentes siempre lo mismo”. Debemos intentar algo diferente, pero no podemos darnos el lujo de hacerlo empíricamente abusando del ensayo y el error. Y la Registraduría debe buscar la simplicidad ante todo. Creo que una buena primera opción es migrar hacia el uso de pantallas instaladas y especialmente diseñadas para que el elector pueda votar en un tiempo no mayor al que lleva un retiro en un cajero electrónico. Esta opción, naturalmente, no puede aún llamarse voto electrónico, pues estaría limitada a pantallas dispuestas en los puntos de votación y no ofrecería la opción de usar computadores o dispositivos remotos.

En la Universidad Nacional, patrimonio de todos los colombianos, hemos tenido recientemente, como desde hace ya algunos lustros, una consulta electrónica. El censo para esta actividad no es nada despreciable, superior a los 172.000 miembros de la comunidad académica, constituida por estudiantes, profesores y egresados. Los participantes lo hicieron desde cualquier dispositivo con conexión a internet y desde cualquier lugar del país o del exterior. El proceso fue exitoso, aunque no faltaron las expresiones de desconfianza, especialmente de quienes ignoran el funcionamiento y la rigurosidad de la implementación de los protocolos de seguridad. Sería un modelo piloto que bien podría servir de ejemplo exitoso para una futura elección electrónica nacional.

Pero mientras adoptamos este tipo de instrumentos, debemos imponer la simplicidad del mecanismo, sustentada en el sentido común, pues la dificultad para votar será siempre inversamente proporcional al número de votos válidos en las elecciones.

* Rector, Universidad Nacional de Colombia

@MantillaIgnacio

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