Por: Augusto Trujillo Muñoz

Elecciones y conspiraciones

El calendario electoral se convirtió en el mayor enemigo de la paz, porque las elecciones están facilitando las conspiraciones.

El proceso que se inició en La Habana parece haber llegado a un punto de no retorno. Hace bien el presidente Santos en ejercer mayor liderazgo frente al tema. El país necesita superar su desconfianza con las Farc, estimulada por la contradicción entre el lenguaje pacifista de los miembros de la Comisión Negociadora, y el lenguaje bélico del ministro de Defensa.

La paz es asunto serio. Tiene que ver con el triunfo del derecho sobre la arbitrariedad y con la inclusión sobre el desconocimiento del otro. Si se suscriben los principios que sustentan el estado social de derecho, la economía social de mercado, la democracia de participación, la autonomía territorial, en fin, no hay razón válida para criticar unas conversaciones que se están moviendo dentro de esos principios.

Más que un disparate es un atropello contra el país soliviantar los ánimos en un momento que demanda serenidad espiritual. De otra manera es imposible alcanzar acuerdos y lograr desarrollos concretos hacia la finalización del conflicto armado. Se puede criticar el proceso, pero no hay derecho a criminalizarlo. Es increíble: Hay quienes se sienten orgullosos de ello, y lo reiteran.

El ex presidente Uribe ha incrementado sus niveles de oposición hasta el punto de coincidir con promotores de revueltas contra la seguridad de las personas y la estabilidad de las instituciones. ¿Estaría en ese plan de no mediar el proceso electoral que se avecina? ¿Estaría su vicepresidente criminalizando el proceso, con la instalación de unas vallas que destilan veneno cuando el país necesita reconstruir acuerdos?

En la base del conflicto se está operando una mutación que desdibuja el componente bélico para comenzar a moverse en la frontera imprecisa entre lo ilegal y lo informal. Por ahí pasa la creciente protesta social. El año pasado escribí una columna en la cual sostuve que, en un país con tan altos niveles de informalidad tanto en la economía como en el empleo, los problemas que ocurren en esa frontera no son militares sino políticos.

Pero la respuesta política a ese tipo de problemas colapsa si se mezcla con polarización electoral. Eso es lo que están haciendo los extremistas de nuevo cuño. Suelo repetir que en temas como el de la paz el presidente de la República y el alcalde de Bogotá, el presidente del Congreso y la ex senadora Piedad Córdoba, por ejemplo, están –deben estar- del mismo lado de la mesa. ¿Acaso no los ex presidentes de la República?

Piedad Córdoba lo señaló con acierto. Hace falta una reforma para ampliar el período del jefe del Estado y el de los miembros del Congreso. Así desaparecería el fenómeno electoral como elemento de perturbación. Los extremistas de nuevo cuño están en su derecho de seguir criticando el proceso pero tendrían un pretexto menos para –como en la valla de marras- barnizar de patriotismo sus inconfesables odios viscerales.

Ex senador, profesor universitario, [email protected] 

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Augusto Trujillo Muñoz

Belisario Betancur

Los enemigos de la democracia

La reforma: ¿tragedia o falacia?

La globalización del odio

Una reforma confiscatoria