Por: Pascual Gaviria

Elecciones y constituyentes

UN VISTAZO SOBRE LAS AVENTURAS electorales de los constituyentes de 1991 muestra algunas de las paradojas que encierra la política. Parece que una pequeña maldición en las urnas ha acompañado a los redactores de la Carta.

Los motivos no son fáciles de identificar: ¿la resistencia del país de la tinta indeleble a las ideas y las costumbres del país del tarjetón, el hecho de que los votantes sean tan caprichosos como los legisladores, los entusiasmos renovadores que acompañaron esa elección, las condiciones del conflicto en medio de una Constitución inspirada en la paz?

Comencemos por dos de los presidentes de la Asamblea: Antonio Navarro y Horacio Serpa llevan hoy los destinos de dos departamentos, las entidades territoriales que fueron consideradas las cenicientas de la reforma. Su papel, según la Carta, es la simple intermediación entre el gobierno central y los municipios. No extraña, entonces, que Navarro dedique buena parte de su tiempo a buscar cooperación internacional y que Serpa se queje día de por medio por la reversa a la descentralización. Las reformas a las transferencias en 2001 y 2007 han convertido al gobierno central en el principal protagonista de inversión en las regiones. De modo que durante ocho años los gobernadores, uribistas o antiuribistas, no tuvieron más remedio que ir a los consejos comunales para hacerle dos reclamos respetuosos al expresidente y luego tomarse la foto de rigor al lado de su poncho y su sombrero. Navarro y Serpa fracasaron en sus intentos presidenciales y luego de 20 años les tocó volver a los feudos regionales: elecciones donde la maquinaria es casi una obligación.

Paradójicamente, los inspiradores de la democracia participativa y las ideas políticas lejos del caudillismo bipartidista han tenido sus principales triunfos en las elecciones departamentales: ahí está Eduardo Verano y han estado Juan Gómez, Carlos Rodado y Angelino Garzón. Este último tiene actualmente otro de los cargos más inocuos de la Carta. A no ser que se utilice como plataforma para la retórica populista, cosa en la que Garzón es un profesional en la parte urbana y en la parte rural.

Pero hablemos de las derrotas. El M-19 tiene una buena colección con los intentos de Otty Patiño y Rosemberg Pabón, el primero sufrió quemaduras múltiples en su afán de llegar al Congreso y el segundo en su aspiración a la alcaldía de Buga. No quedó más que la trinchera burocrática. También los liberales han tenido sus derrotas variadas: Jaime Castro ha salido en blanco en sus últimos intentos a la gobernación de Boyacá, la alcaldía de Bogotá y el Congreso. Y parece que todavía le falta una más. Antonio Galán Sarmiento nunca logró pasar del Concejo de la capital e Iván Marulanda acumula una tanda de derrotas de aquí a Pereira. Carlos Holmes, por su parte, prefirió hacer la maleta rumbo a las embajadas.

Carlos Lleras de la Fuente es otro de los que buscaron el salto a la presidencia y se quedaron más que cortos: primero una derrota con Samper y luego el 1% en las encuestas que obligó a una alianza con Noemí y Mockus. Rojas Birry y Aída Abello son dos más destinados a los cabildos municipales. Y Carlos Lemos Simmonds es el único que llegó al solio de Bolívar, pero por apenas 8 días, reemplazando a un Samper enfermo de gratitud con un incondicional. Lorenzo Muelas es uno de los casos atípicos: ha ganado en todas sus elecciones, una al Congreso y otra en su cabildo. Se reciclaron los caciques y se estancaron los indios.

 

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