Por: Marcos Peckel

Elecciones y democracia en África

Para los estándares de Occidente, el sufragio universal es el más emblemático elemento de la democracia participativa.

El pueblo elige a sus gobernantes en ciclos electorales previamente establecidos con reglas de juego claras y reconocidas.

Surge entonces la pregunta sobre si la democracia fundamentada en procesos electorales es el modelo adecuado para todos los países. Este cuestionamiento surge a raíz de las recientes elecciones en Costa de Marfil, donde los dos candidatos a la presidencia, Laurent Gbagbo y Alassane Ouattara, se declararon vencedores y se posesionaron en el cargo de presidente, en este, uno de los otrora países más ricos y estables de África.

Costa de Marfil se encuentra profundamente dividida en grupos étnicos y religiosos, islam al norte y cristianismo al sur y los dos candidatos electorales representan a las dos regiones, por lo que sacar más votos no le otorga la legitimidad para gobernar todo el país, pues quien resulte ganador no será reconocido en la región del perdedor.

Este patrón ocurre de manera similar en varios países africanos, entre otros Nigeria y Sudán, donde el norte árabe-musulmán y el sur cristiano-negro llevan años en guerra fratricida.

En Costa de Marfil el sistema occidental de elecciones, lejos de afirmar la democracia, ahonda las divisiones y fomenta el conflicto.

Las fronteras de las naciones africanas fueron establecidas de manera arbitraria por las potencias coloniales incorporando dentro de un mismo Estado distintas etnias con un largo historial de conflicto entre sí y, a su vez, dividiendo otras a través de fronteras.

Más allá del asunto electoral de Costa de Marfil, emerge el rotundo fracaso del modelo del Estado nación en el continente negro. Conflictos étnicos sin fin, corrupción rampante, masacres, atrocidades, dictaduras y golpes de Estado, genocidio, saqueo de materias primas, intervención extranjera, hambrunas, guerras, desplazamiento, violaciones y precaria o inexistente institucionalidad han plagado este continente desde hace décadas.

La comunidad internacional, sus organismos y los pueblos africanos carecen de los instrumentos adecuados y de la voluntad política para superar este sino trágico, que demandaría un total reordenamiento político y territorial del continente, por lo que no se observa un futuro diferente a las interminables tragedias que ha padecido África.

 

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