Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Elecciones y hecatombes

A FALTA DE LAS CIFRAS CONSOLIDAdas, es difícil comentar con algún grado de sistematicidad el resultado de las elecciones del domingo pasado.

Y en todo caso la función de una columna de opinión no es simular el rigor académico en un marco argumental en el que es materialmente imposible sostenerlo, sino —parafraseando el maravilloso texto de C.S. Lewis sobre los salmos— hablar de “aficionado a aficionado”.

Mis primeras impresiones son las siguientes. Sobresale el buen comportamiento de los dos partidos históricos. El conservatismo marcó un doble hito, por la cantidad de votos que consiguió y por la expectativa que generó su consulta. Si los azules han durado doce años en el poder, los liberales han permanecido el mismo lapso por fuera y, sin embargo, también obtuvieron un buen resultado. Claro que el primer puesto, como todo el mundo ya dijo, lo conquistó el partido de la U. Creo que la coalición de gobierno mantuvo en esencia su tajada de la torta, pero que hubo movimientos dentro de aquella. Se acabaron, o están agonizando, unas agrupaciones, y sus votos migraron a otras más consolidadas, o al PIN —otro de los ganadores de la jornada—. Los verdes desarrollaron una campaña refrescante, digna, y recibieron un premio (aún modesto, si se tiene en cuenta el peso en términos de experiencia exitosa de gobierno de los tres tenores; pero tienen proyecto). Malos, o muy malos, resultados tuvieron el Polo, Cambio Radical y Sergio Fajardo. Éste, que es persona inteligente, debería replantear su estrategia de estricto personalismo, que no le ha dado réditos y en cambio ha resultado contraproducente para la consolidación de alternativas de futuro. No me cabe duda de que si los no continuistas tienen un mínimo de sentido común darwinista —que establece que sobrevivir no está tan mal— tienen que desarrollar desde ya una política vigorosa de acercamientos y alianzas. De lo contrario, podrían perder en primera vuelta, o resignarse a ver desde las tribunas una segunda vuelta entre un uribista duro y otro soft.

Varios factores, entre ellos un aumento vigoroso de la participación electoral, generaron un molesto ruido en el conteo de votos. Pero los verdaderos factores negativos de las elecciones fueron otros. Primero, la exitosa presencia de actores ilegales. En parte gracias a que en la pasada reforma política el Ministro del Interior —que ahora dice que quiere reírse, aunque sólo le sale un rictus envarado y frío— bloqueó los castigos a los partidos que habían incurrido en vínculos con la criminalidad organizada, esta última hizo fiestas. Al PIN, a la gata y a los gatitos les fue bien, porque hace tiempos fueron incluidos formalmente en la coalición nacional de gobierno (“voten por mí mientras no estén en la cárcel”). Son socios minoritarios, pero indispensables para “mantener la gobernabilidad”. Segundo, el esfuerzo transparente del Presidente y su círculo íntimo por desestabilizar el proceso electoral de este año, usando desde acusaciones temerarias y grotescas (que el Registrador estaba borracho) hasta la solemne declaración de la hecatombe. ¿Estarán buscando sólo sacar al Registrador —con lo cual matan dos pájaros de un tiro: pasar una cuenta de cobro y poner a un tipo de su conveniencia—, o algo de más calado, como el aplazamiento de las presidenciales?

 

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