Por: Columnista invitado

Elegía a Jeangros

Cuenta tu leyenda que, una noche aciaga, en plena guerra mundial, te protegiste del bombardeo en un campanario suizo; que allí se iluminó tu mente con la inspiración de una utopía, que desde allí saltaste con tu familia al Nuevo Mundo, porque también visionaste que esta era la tierra de promisión para tus sueños. Y aquí, con la conciencia ecológica de un druida galo, entre la flora de un paraje andino, en las afueras de Bogotá, fundaste el Colegio Refous, acaso porque desde niño ya sabías que el mejor refugio contra toda adversidad es un lugar de conocimiento, cultura y educación.

Por 60 años instruiste con tu magia, tanto al alumnado como a sus parientes, en saberes universales y en valores éticos, con una pedagogía porfiada en edificar espíritus capaces de procurarnos un mundo justo, natural y feliz; inculcando el amor al prójimo, al planeta, a la vida como la razón originaria de toda educación.

Si te hubiera hecho caso cuando me dijiste: “Levante la frente y saque las manos de los bolsillos”, no me habría extraviado en caminos ominosos. Como era ubicuo en tu cosmos, mis hijos decían: “El gigante de bata blanca se aparece por cualquier lado”.

Amabas el Refous como un demiurgo ama su creación. Al teatro lo llamabas “El ágora multiusos”. A la biblioteca la presentabas como “tu pequeño George Pompidú”, afincando en todos los espacios la importancia del arte en tu didáctica y la siempre pertinente valoración de los arcanos de la memoria.

Alguna vez advertiste a todos: “El pensamiento va desde el dedo gordo del pie hasta el último pelo de la cabeza. Quien no usa sus manos y no habla con la piel, tiene la mente incompleta”. Por lo mismo, en tus clases se aprendía matemáticas jugando y la expresión creativa y estética era método y fin de tu academia.

Para ti la educación nunca fue un negocio. En tu fuero admitiste niños y niñas de diversa condición social. Tu, directamente, decidías a quién admitir; mirabas a los ojos, no como un autócrata, sino como un chamán que, guiado por la probidad del corazón, ofrecía educación para la equidad.

Lloré tu muerte, porque siempre lloro a los dioses, mas mis lágrimas celebran que tu obra ya es legado inmortal. Ahora hay un nuevo lucero en el firmamento; eres tú, monsieur Jeangros, quien, desde algún lugar del cosmos, sigues ahuyentando con tu luz la oscuridad en mi camino.

* Arquitecto y habitante de calle

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