¿Cómo responder a los retos en materia de medio ambiente y desarrollo sostenible?

hace 32 mins
Por: Diana Castro Benetti

Elegías

Anhelamos la felicidad. Llámese un buen plato de comida, ganar un partido o ser parte de una celebración nacional.

También puede ser un abrazo corto o un éxito esperado. Algunos veneran la felicidad desde el inmediatismo o con cada cuenta bancaria. Lo cierto es que toda felicidad se debate entre lo objetivo y lo subjetivo, entre la cifra y la medición, entre la naranja y el chocolate y casi siempre, decidimos disimularla entre la sábana y la desnudez.

La felicidad es un techo, el dinero para un pan o la salud equilibrada. A veces, es tienda de marca, rines de lujo o el ranking de poder. Parque, aire y agua son indicadores que pueden no superar las serenatas, las joyas y los poemas de los amores eternos. La felicidad es una búsqueda. La única.

Y entre horas y horas felices, la utopía se instala porque la felicidad es inesperada. Pasa, se va y acontece como los presentes sin causa o los instantes que deshacen las razones o los momentos oníricos. No vive en la zona de confort. Y mientras se manifiesta, hay mucho anhelo mal atendido y desvío que hace doler. A veces las felicidades son pequeñas, efímeras o se niegan a morir. Hay felicidades venidas a menos. La felicidad podría ser el fetiche, una idea o un viaje hacia la filosofía, la caridad y la confianza. La felicidad es ese objeto del deseo que nos ha sido negado.

Pero están también esas felicidades de carne y hueso que son del tiempo, que están llenas de recuerdos, de libertades y de obviedades. Felicidades que no se inhiben ni se exhiben, que propician en vez de contraer, que permiten en vez de prohibir. Muy terrenal, divina, incorrecta, obscena, loca, paciente, la amistad es esa única felicidad que se resiste a ser excluida del destino. Sin dudas, sin atajos, sin miedos, sin escondites, en la eternidad de la mística más profunda, cada amigo viene a ser como la felicidad: una perfecta elegía de carne y hueso.

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