Elí Andoque

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El caño Aduche corre tranquilo desde las formaciones rocosas del sur de la Serranía de Araracuara, el último de los grandes tepuyes de Chiribiquete, hasta desembocar en el río Caquetá, a esas alturas ya una serpiente de aguas espesas que une el páramo con el Amazonas. Es un pequeño riachuelo de color té que une dos asentamientos andoques, distanciados por pocos kilómetros en línea recta, pero por docenas de curvas que, contadas con el remo, hacen del viaje una pequeña travesía. Durante las lluvias todo se convierte en rebalse, menos las terrazas donde se ubican las malocas, y es posible mover la canoa entre la selva inundada mientras caen pepas y hormigas desde la fronda cuando pasan las bandadas de monos comiendo y defecando grillos. Los peces les siguen, poniendo atención a la algarabía, también comiendo lo suyo.

Elí sabía todo esto y más acerca de la ecología y las historias de los animales y las personas de un territorio que su gente recuperó a mediados del siglo pasado a la cabeza de quien guiase a los andoques a la libertad, luego de escapar de las caucherías que llevaba incrustadas en el alma y tal vez lo convirtieron en el andariego que fue. Porque Elí anduvo mucho y su camino, casi centenario, marcó un tiempo desde el centro de la selva hasta Bogotá, un tiempo extraño, sobre todo, algo para lo cual ya no le quedaban palabras.

Elí conocía el río Caquetá y el Yarí como ninguno y, más que andariego, en realidad era un navegante. Era capaz de tomar una lancha con motor, cuando empezó a haber motor, y recorrer sin parar centenares de kilómetros, sólo mambeando, mirando el horizonte del agua para no encallar, el borde nocturno de la selva apenas iluminado por la luna. Si no tenía tanto afán, paraba en sitios invisibles en las orillas, a la hora que fuese, y subía por caminitos que trazaban en su memoria una red de casas donde encontrar ollas, donde encontrar comida, tal vez un rato de hamaca, una corta conversación para dejar y llevar noticias. Hablaba poco, se movía rápido, se ponía bravo si lo retenían.

Sacando caucho en el Yarí encontró gente que no había salido nunca de la selva, y acompañando incluso a la comisión que salió a buscar a Julián Gil desde La Pedrera llegaría más lejos que ninguno de sus miembros, hasta la propia maloca de quienes se convirtieron en protagonistas de las crónicas de Germán Castro Caycedo. Habitaba el río, todos los raudales, cada piedra, cada afluente. Infaltable, me zarandeaba en la hamaca a las cuatro de la mañana: ¿Eh, Guillermo, vamo’pescar? ¿Eh, Guillermo, vamo’a tomar tinto? ¿Embarcamos?

Se fue el abuelo Elí, lleno de historia y andanzas increíbles. Calculo que sus viajes unidos bastarían para darle la vuelta al planeta varias veces, siempre callado en el bote, en la selva, mirándonos para tratar de descifrar qué clase de gente había llegado a su mundo y lo había puesto patas arriba luego de miles de años de normalidad. Un mundo que ha de haber sido un lugar muy extraño para él, declarado como una víctima mortal más del COVID-19 en días pasados, después de algunos años de compartir frío y tranquilidad en Bogotá al lado de su familia. Me lo imagino alistando una latica de mambe junto al fuego de la maloca eterna, todo su aparejo para salir al río, mientras en el reencuentro con los antiguos les relata sus aventuras. O tal vez no: preferirá dejarlos a todos con la curiosidad, porque su verdadera esencia es andar.

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