Por: Gustavo Páez Escobar

Eliminemos el cráter

Uno de los motivos que llevaron a Carlos Alberto Villegas Uribe a renunciar a la Secretaría de Cultura de la Gobernación del Quindío fue su frustración frente al propósito oficial de hacer de la minería un programa gigante en el país.

En lo que al Quindío se refiere, manifiesta que su territorio ha sido titulado para la minería en un 67 por ciento, panorama que no resultaba nada atractivo para su gestión, ya que él buscaba “defender el paisaje cultural cafetero del espíritu depredador de la megaminería (una de las locomotoras del Gobierno nacional que sólo dejará un Quindío lleno de famélicos quindianos tiznados de hollín)”.

Meses después, la Unesco declara la zona cafetera de los departamentos de  Caldas, Quindío, Risaralda y Valle como Patrimonio Cultural de la Humanidad. La disyuntiva actual es preservar el paisaje cafetero, o permitir su deterioro con la explotación minera. El odontólogo quindiano Daniel Ramírez Londoño dice lo siguiente: “Yo creo que si el paisaje cafetero fue declarado patrimonio mundial será intocable en este aspecto. Lo indicado sería hacer una campaña ante el gobierno para que desista de ese proyecto que tanto daño le haría al Eje Cafetero”.

La minería es una de las locomotoras del presidente Santos, en la cual basa uno de los puntos para el desarrollo del país. La voz de alarma que acaba de lanzar Manuel Rodríguez, exministro de Ambiente, en el sentido de no convertir a Colombia en un cráter, debe ser sopesada con toda la seriedad que exige. El país carece de una estructura adecuada para controlar la expansión de este renglón, el cual ya ofrece un panorama desordenado y peligroso, con seria amenaza para la ecología y con grave riesgo de favorecer el surgimiento de los oscuros traficantes que buscan pescar en río revuelto.

Para dar un paso grande en la minería –un anhelo justo y deseable para un país rico en oro, carbón y otros preciados elementos–, deben buscarse bases sólidas en materia científica y legislativa, y establecer luego normas estrictas de control para que la riqueza no se nos convierta en una tragedia ecológica. O en la cueva de Alí Babá de que habla el exministro Manuel Rodríguez.

* * *

El curioso gobierno de Bélgica. – Ricardo Bada, periodista español que reside hace largos años en Colonia (Alemania), y gran amigo de Colombia, comenta lo siguiente sobre mi columna anterior, Huelga de sexo:

“Tu columna está muy bien, sólo déjame decirte que Bélgica sigue sin gobierno y ha batido ya todos los récords mundiales en la materia. En el año ya largo que Bélgica lleva "sin" gobierno, durante seis meses ha cumplido mejor que nunca su papel de presidente rotativo de la Comunidad Europea, y los belgas no han conocido otro periodo mejor de calma en su vida política, tanto que los humoristas se preguntan si no sería mejor que Bélgica continuase en ese statu quo de gobierno en funciones (el anterior dimitido). La paradoja parece ser que Bélgica es mucho más gobernable "sin" gobierno que con uno jurado ante el Rey. Dicho sea de paso, por si te vale para tu columna: el consejo de ministros belga es el único del mundo en el que intervienen intérpretes, porque los ministros flamencos, aunque lo entienden, se niegan a hablar en francés, y los valones de todos modos no entienden neerlandés”.

Apreciado Ricardo: En efecto, no ha sido suficiente la amenaza de la senadora belga de no tener las mujeres sexo con sus maridos. Las huelgas de sexo son más teóricas que reales. Más de teatro y picaresca –con la inmortal Lisístrata como protagonista– que efectivas en la intimidad de las parejas. Pienso en los contrabandos de sexo que ocurren con las mujeres de Barbacoas, ¿no lo crees? Lo importante es que consigan su carretera.

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