Eliminemos la ficción de los baldíos y resolvamos el problema de la tierra

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Un fantasma se atraviesa en los esfuerzos para clarificar de quién es la tierra en Colombia e impide su solución. Es la ficción de que existen baldíos para colonizar, tierras públicas al alcance de quien las ocupe para producir, que adquiere la expectativa de adjudicación si cumple los requisitos previstos en la ley y demuestra su uso productivo. La ley consagra la eterna promesa ilusoria de volver a los campesinos dueños de la tierra a condición de que deforesten las selvas y siembren pastos para ganadería, en territorios sin infraestructura, salud, agua potable, justicia ni seguridad. Como el Gobierno no llega a tiempo para reconocer la propiedad, la única alternativa del colono es vender las mejoras a quienes van detrás acumulando tierras para titular y valorizar, repitiendo el ciclo de la colonización itinerante y la destrucción de las selvas.

La ficción de los baldíos sirvió durante 100 años para adjudicar a los compradores de mejoras y a algunos colonos 25 millones de hectáreas, sin cambiar los patrones de concentración de la propiedad ni redimir a los colonos de la pobreza, generada por el abandono estatal de la periferia. Pero mantuvo viva la válvula de escape a la presión por la distribución de la tierra dentro de la frontera, mientras la propiedad se concentró en pocas manos. Esa frontera abierta de bosques para destruir ya no existe y los que quedan han adquirido el valor estratégico gigantesco de mitigar el cambio climático para beneficio del planeta.

 

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