Por: Ana María Cano Posada

Ella volvió del hielo

VENÍA DEL OTRO LADO DEL ESPEjo: “Vengo del planeta de los simios”… “Llego al espacio azul”… “Así debe ser el paraíso”. Su cercanía con la muerte hizo que el regocijo que produjo su liberación fuera asumido como cosa propia.

Ella consigue tener un contacto emotivo inmediato con quienes la miran. Emite un impulso, una vibración y no desaprovecha un instante de exposición pública. Íngrid Betancourt logra comunicar emociones y conceptos a través de la conciencia que tiene de lo que encarna. Puede que no sea del todo intencional, pero recibe atención inmediata sobre lo que hace y dice. Es escasa una imagen que se aferre con persistencia al recuerdo y a la permanencia, como ocurre cada vez que ella tiene una aparición pública. El temple de sus palabras y su convicción, lo escueto de su presencia, atraen con fuerza.

Ella sabía antes de ser secuestrada, que a su haber tenía una presencia política, un valor de representación a la vez de su sexo, de su generación y de su origen. Su paso por el Congreso de la República y como candidata presidencial la acuñaron como conciencia crítica. Pero los seis y medio años que estuvo aislada y vejada “le pulieron el alma”, le sirvieron para hacer más honda su comunicación con ella misma. Fue tanta la fuerza acumulada, el potencial recogido, que su imagen con los ojos mirando el piso, su deje de pesadumbre que fuera la prueba de supervivencia de 2007, conformó el ícono que logró la movilización internacional y de Colombia este 2008 con características de contagio masivo no visto. El que sus hijos mostraran su resistencia en Francia ante los medios sobre cómo ha sido su vida sin su mamá, hacía que ella tuviera cada vez más abierto su mundo privado. Incluida la tozuda actuación de la mamá Yolanda, que insistía en el papel de víctima. Su mundo aquí y en Francia hizo que su existencia estuviera expuesta al público a través de todos sus efectos y afectos.

De la hora de las cadenas al atardecer, del decrecimiento de los suministros cuando la logística de la guerrilla pasó a ser cada vez más débil, Íngrid llegó a este lado en pleno uso de sus facultades comunicativas. Con presencia de ánimo para responder jornadas de preguntas en las que estaba a prueba su opinión, su equilibrio, su independencia mental y ese carácter irrenunciable y autónomo que hasta las Farc le reconocían, ella mostró todo lo que pudo construir en ese destierro. El recuerdo del olor que desprende la tierra cuando hacían un nuevo cambuche y que dolía, el estremecimiento ahora de la piel ante el agua caliente, el sabor del vino como si fuera la primera vez, son aprendizajes de libertad en este lado del espejo. Los nexos que tejió allá con sus compañeros de cautiverio fueron verídicos y hondos; ahora quiere gastárselos junto con Luis Eladio Pérez y los otros para luchar por liberar a los secuestrados que son la sombra más grande que tiene Colombia.

La pertenencia que le demuestran Colombia y Francia hacia ella, habla de su contundente efecto, que deberá defender como íntimo antes de que el fragor cotidiano y la dilapidación de palabras y actos que le proponen termine por dejarla en un asunto mediático de los que se toman y se dejan. Íngrid volvió del hielo al fuego en el que arden las vanidades a este lado del espejo.

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