Por: Luis I. Sandoval M.

¡Ellos dejaron las armas… nosotros dejemos los odios!

Con esa leyenda está circulando por las redes una tarjeta virtual como reacción  frente a los graves incidentes ocurridos cuando aparecen en público los candidatos del nuevo partido Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común.

Es una leyenda acertada. También lo es aquella otra: ¡Que la paz no nos cueste la vida! Y lo es, como mínimo fundamental, el clásico axioma ¡Los pactos son para cumplirlos! que, frecuentemente, se utiliza en latín ¡Pacta sunt servanda!

Si principios y actitudes como las que expresan tales frases no se expanden en el conjunto de la sociedad colombiana no pasaremos del silenciamiento de los fusiles insurgentes a la verdadera paz.   

Inaceptable que fuerzas conservaduristas justifiquen que se hostigue a los exguerrilleros diciendo “qué se esperaban después de lo que hicieron”, “que sigan desarmados pero que no hagan política”, “lo que ha visto el país en los últimos días es la sanción social a la impunidad”…

Inaceptable que el gobierno diga que las garantías existen y que no hay razón para que el nuevo partido decida la suspensión temporal de la campaña. Es evidente el riesgo de agresión letal al que están expuestos sus candidatos. La policía ha estado a la altura, pero expresiones y actitudes como las reseñadas evidencian la resistencia al surgimiento de una nueva realidad social y política propia de la paz.

El gobierno, presente y futuro, tiene que hacer la gran campaña pedagógica que nunca ha hecho para procurar que la población interiorice lo que significa reconocer que ha existido un largo conflicto político armado al cual legítimamente se está dando una salida política.

Todos los que fueron actores del conflicto –exguerrillas, fuerzas estatales, paramilitares, empresarios, políticos- están en mora de asumir la deuda ética que tienen con el país. En coherencia con ello sus actitudes no pueden ser prepotentes, desafiantes y cínicas.

Importante que la JEP comience a trabajar con prontitud y eficacia para que no prospere la impresión de impunidad en relación con los insurgentes que dejan las armas y transitan a la política. 

El país necesita adentrarse entusiastamente en la tarea de la reconciliación que es una fase superior en la construcción de la paz. Despuntan iniciativas importantes a nivel de base, pero no en la dimensión que se necesita.

Hace falta la realidad y simbología del perdón en grande, con verdadero alcance macrosocial. Mucho, mucho más, podrían hacer al respecto las comunidades de fe,  las iniciativas de paz, los consejos de paz, las comunidades educativas y universidades, los periódicos, emisoras y canales televisivos.

A todos en el país nos corresponde contribuir a crear un ambiente de distensión, ejercicio de pluralidad sin afectar la convivencia, conflictividad por vías democráticas, protesta legítima. Las armas salen de la política, ahora las únicas armas deben ser las palabras responsables, sensatas, constructivas. Esa la forma de transitar de relaciones depredadoras a relaciones estéticas.

El Vicepresidente, General (r) Oscar Naranjo y el excomandante guerrillero Pablo Catatumbo tienen la misión de trabajar en un pacto nacional de paz, el Congreso Regional y Nacional de Paz en abril pasado diseñó un pacto por la vida y por la paz, los destacados académicos y columnistas Gustavo Gallón y Rodrigo Uprimny han hecho propuestas de acuerdo sobre garantías para la vida de todos. 

El Ministro del Interior, Guillermo Rivera, plantea el rechazo a las agresiones físicas como un “imperativo ético” de candidatos y partidos. La campaña electoral es la oportunidad ideal para que una ola inmensa de concordia se apodere de Colombia. Tiene plena validez el aserto: ellos dejaron las armas, nosotros dejemos los odios.

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