Por: Cristina de la Torre

Eln: ¿patada final a la mesa?

No le suplican. Decenas de intelectuales le exigen al Eln parar su “insensatez asesina, suicida”, y mostrar genuina voluntad de paz. Deploran en carta abierta que esta guerrilla volviera al terror tras un cese del fuego de 100 días. Sordo al clamor de los colombianos —reza el texto— inmerso en su ensimismada imagen de vanguardia iluminada que sólo se escucha a sí misma, el Eln pretende a la vez hablar en nombre de “la sociedad”. Pero no es así como avanza la revolución social: lo prueba el medio siglo de su guerra costosa, sin gloria y contraproducente, que sólo ha dejado un rastro de sangre y de lágrimas. Que ha fortalecido a la reacción retrógrada y debilitado a la izquierda democrática. Exhortan los firmantes a esa guerrilla a volver a la mesa de conversaciones “con intención sincera de abandonar sus armas manifiestamente inútiles que hoy se han convertido en un estorbo para la construcción pacífica de la justicia social en Colombia”.

No son los únicos: defensor del Pueblo, prelados, dirigentes políticos de centro izquierda, 28 organizaciones sociales de Antioquia y asociaciones populares sabedoras de que en la guerra son ellas las primeras víctimas, todos claman porque prime la cordura. Pero el Eln no se mosquea. Le llegan a Quito líderes de Derechos Humanos, de negritudes e indígenas que piden parar la violencia, y mira con desdén para otro lado.

Lleva esta guerrilla 26 años aprovechando conversaciones de paz como pausa táctica para tomar aliento militar y darse tono político reclamándose vocera de la sociedad. De organizaciones populares a las que ha infiltrado a la brava y pretendido representar. Siempre con la fatal consecuencia de exponerlas a la brutalidad de las derechas (armadas y desarmadas) y a la impiedad de la Fuerza Pública. Recuérdese la contribución de esta guerrilla precaria, torpe y sin pueblo al aniquilamiento de la Asociación de Usuarios Campesinos (ANUC) en los años 70. Haciendo gala de hombría prestada por la exhibición de un fusil, “heroicos” guerrilleros del Eln —entre otros— salpicaban movilizaciones de los que reclamaban tierra. Agregaron así eficiente pretexto para ahogar en sangre el más formidable movimiento campesino que Colombia registrara en mucho tiempo.

Y no dan los elenos su brazo a torcer. Señala Tatiana Acevedo “continuidades” que sugieren marcas de origen en ese grupo armado. Aparecen ellas, cobre sin barniz, en declaraciones recientes de la Asociación Campesina del Catatumbo que expresan, hoy como ayer, “desacuerdos entre movimientos sociales civiles y el Eln que pretende intervenir en sus luchas”. Esta organización le pide “mantenerse al margen de la discusión entre el campesinado y el pueblo de Bari”, no ha mucho violentado por el Eln.

En los años 80 libró esta guerrilla en Barrancabermeja bronca disputa por las bases del Movimiento Amplio del Magdalena Medio que dirigía el excomandante y disidente político del Eln, Ricardo Lara Parada. Pretextando traición a la revolución, sus viejos conmilitones lo asesinaron de seis balazos a la vera de su casa y a la vista de sus hijos, niños aún. Todos los barrios y veredas señalados como partidarios del Eln —escribe Acevedo— fueron arrasados en la arremetida policial, militar y paramilitar de mediados de los 90.

Con acciones de terror, huyéndole al combate con el enemigo, cree este grupo ganar fuerza para imponer condiciones en los diálogos de Quito y para eternizar su pantomima de negociación. Mientras tanto, devora la caverna el plato suculento que el Eln le ha servido, la población civil teme impotente una nueva escalada de violencia, y el Eln se solaza triunfal en su ley: sin política, sin pueblo, sin valor para sumarse a la paz, ¿dará su patada final a la mesa?

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