Por: Beatriz Vanegas Athías

Elogio de la bicicleta

Los ojos se me iban detrás de la barra color verde de la bicicleta de Liliana. Era una niña y jamás me había subido a una. El cabello de Liliana azuzaba la lluvia o el sol y un puñado de boquiabiertos escrutábamos el milagro de verla con serias intenciones de elevarse por el aire en cada pedaleo.

Pero Liliana reglamentaba mi anhelo, nuestros anhelos. Por ello cobraba 50 centavos para que manejáramos por una cuadra su fulgurante bicicleta verde. Y si alguien (tal vez yo) se caía al primer intento, ella se quedaba con la plata y nosotros sin el paseo. Hace 20 años cuando veía con mis hijos el programa de televisión Aventuras en pañales redescubrí la vigencia del personaje Angélica y entendí que mucho de Tommy y de Carlitos había en mí, aunque la vida me preste a ratos los parlamentos y la actitud de Angélica, que es imponente; que abusaba antes que la abusaran y que no dejaba que apareciera en su superficie la sensiblería. Así, aquella Liliana que a ritmo de burlas y de esquilmarme los centavos me enseñó a manejar bicicleta.

La primera bicicleta, es decir, la primera libertad que tuve, era verde también, cómo no. Y tenía una canasta tan bella como la de Nelly Olson, la malvada y rica niña rubia de La familia Ingalls. Me costó 26.000 pesos que pagué en cinco módicas cuotas de 5.200 pesos.

Bicicleta para andar por las calles de tierra y ganarse unas botas de polvo. Bicicleta para pedalear sin casco, ni protectores para volar por las cercas y aterrizar de cabeza en el charco (en los charcos) o en la única calle pavimentada y luego ver salir chichones como volcanes y chinas supurantes en codos y rodillas. Una china era una moneda de uno, cinco, diez o veinte pesos. Y en el Caribe, a la piel herida y raspada que brotaba del encuentro de la ciclista con el piso se le llamaba china. Cuando la china se convertía en costra se convertía en cocada; preciosa analogía con el dulce de coco y panela que comíamos mientras competíamos sentados en el pretil a ver quién tenía la más grande… Y es que decir bicicleta es decir recuerdo. Y ya se sabe que todos los mundos posibles (y hasta los infames) son fundados por el idioma.

Cuando ocurría la caída de la bicicleta no había derecho a lágrimas, había que recoger la bicicleta y sacudir el short cual Jesús a lo Mel Gibson. Sólo burros, caballos, puercos y bicicletas transitaban por las calles mientras el sol atizaba sus leños. Una moto o un carro eran un escobazo de asombro. Un bus, una utopía. El aire entonces le daba sabor a la vida. Y la bicicleta, prestigio al dueño. En aquellas de parrilla trasera y pito como timbre se concretaban amores eternos nunca consumados. Se cargaba leña, se amarraba la carga de bijao para envolver el queso, la panela, los bollos, el arroz o el azúcar y se sacaba a pasear al hijo. Tener bicicleta hacía la vida buena y libre. La bicicleta, lo supe después, era la única gratitud de los dioses y una oportunidad (perdida como muchas) que nos dieron ante nuestra triste incapacidad de volar.

Coda. Desde 1985 se celebra en todo el mundo cada 19 de abril el Día Mundial de la Bicicleta. La fecha hace referencia al 19 de abril de 1943, cuando Albert Hofmann, conocido como «el padre del LSD», realizaba en su laboratorio un autoexperimeto con una sustancia para determinar sus efectos psicotrópicos. Su regreso a casa en bicicleta se tornaría famoso.

 

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