Por: Pascual Gaviria

Elogio de la traición

LA AMBICIÓN POLÍTICA, LAS PUGNAS burocráticas, las rencillas ideológicas y la rapiña electoral son bienes públicos inestimables.

Cada cierto tiempo se encargan de voltear el canasto de alguna camarilla política y dejar al descubierto las frutas podridas que la armonía del trabajo en equipo se esfuerza por esconder. Cuando los políticos se traicionan la sociedad obtiene una pequeña victoria. Por un lado está el espectáculo siempre emocionante de ver a un hombre público arreglando sus saldos en medio del desconcierto, la furia o el descaro. Esa es apenas la ganancia frívola y maliciosa. Está además la utilidad que supone desactivar, o al menos hacer visible, un sutil mecanismo administrativo que sirve para proveer poder a unos pocos a cambio de incomodidades y rentas agregadas para la mayoría.

La cercanía de las elecciones logra que los políticos se vuelvan más susceptibles, más paranoicos y más recelosos que de costumbre. Es hora de tapar algunas cartas y soltar los coloridos comodines de la mezquindad. Para los espectadores es el momento de olvidarse del combate entre los antagonistas de siempre y mirar con atención las escaramuzas entre los copartidarios. Ahí se encuentra la dosis de veneno más justa y más letal.

Las últimas semanas han dejado interesantes y reveladoras grescas en el interior de distintos partidos y administraciones. Se han gritado los camaradas, los devotos de la iglesia de Palacio y los aliados de los ángeles de Alas Equipo Colombia.

En el Polo Democrático las palabras de Carlos Vicente de Roux dejaron la impresión de que el partido es un obstáculo para la administración de la ciudad. Parece que la burocracia municipal es sólo un instrumento para dominar a un Polo Democrático tan brioso como glotón. Y parece que Jaime Dussán se comporta como un barón electoral que arropó con sus votos al candidato a la alcaldía de El Difícil, por decir algo. Mucho partido y poco alcalde.

Por los lados de la Casa de Nariño los pleitos se han dado en un escenario natural para el Ejecutivo: los tribunales. Las deposiciones de Manuel Cuello Baute ante la Corte Suprema han dejado más o menos claros los ejercicios de persuasión que practica el gobierno. De vez en cuando los funcionarios de segundo nivel, encargados de repartir las raciones y llevar la contabilidad, se sienten despreciados por sus jefes y deciden ejercer el supremo poder de la delación. Aquí la novedad no es la confirmación de una práctica corrupta desde hace mucho tiempo, sino los detalles de procedimiento, la manera simple como funciona la maquinita política del papel sellado.

Por los lados de la Gobernación de Antioquia la embestida contra la mano del amo vino por parte del diputado César Eugenio Martínez, director de Alas Equipo Colombia en el departamento. Según Martínez, el gobernador sigue mirando a los alcaldes como sus promotores políticos: los hace venir tres veces por semana al edificio de La Alpujarra en Medellín, maneja la oficina de atención de desastres con lógica de director de campaña y tutela las administraciones municipales con el mazo de sus votos y su popularidad.

Hace casi 20 años dos politólogos franceses escribieron un libro llamado Elogio de la traición. Según su tesis, la traición no es un defecto político sino una necesidad, casi una virtud de adaptación en un medio lleno de trampas e incertidumbres. No estaría mal que la reforma política pensara en quitar los límites a los tránsfugas partidistas, como una especie de exclusa necesaria para la falsía y la denuncia, para lograr una política igual de sucia pero más transparente.

 

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