Por: Yolanda Ruiz

Elogio de la vida sencilla

Ella se llama Matilde Hidalgo. No tiene nada pero tampoco aspira a mucho. Resuelve cada día con un poco de comida, agua y una dosis grande de libertad para vagar por el mundo y tomarse la vida a su manera: sin afanes, disfrutando los aromas del ambiente, detallando el vuelo de una mariposa a la que mira con ojos acechantes o limpiando con parsimonia su cuerpo entero en un ritual continuo de vanidad sin vanidades.

Matilde es mi gata y es la primera mascota que tengo en mis 52 años de vida. Cuántas cosas me ha enseñado con su andar pausado y silencioso de felina elegante. Los animales y yo hemos tenido vidas distantes y los he mirado con respeto siempre, pero también con una dosis grande de temor en una de aquellas sensaciones heredadas que se nos quedaron pegadas sin saber muy bien por qué. Ahora que me aventuro a caminar en su mundo descubro por qué los animales fascinan a tantos, por qué son parte esencial de la vida de los humanos desde siempre y por qué cuando llegan a nuestra familia nos pueden adoptar fácilmente.

Con Matilde he aprendido que la vida puede ser sencilla y plena. La naturaleza en general nos muestra el camino de lo simple aunque los humanos hagamos todos los esfuerzos por complicarlo todo. Además de Matilde me rodean ahora en algunos de mis días tres perros, una vaca, un ternero y una larga lista de insectos a los que todavía miro con desconfianza. Cuando dedico horas a contemplar el fluir de esas vidas distintas me pregunto sinceramente si de verdad somos los seres superiores en este planeta. Hoy no lo creo.

A Matilde no le interesa cuál es la polémica del día, ni lo que opinan en Twitter. No sabe que existen comunistas, neoliberales, ateos o cristianos. ¡Qué fortuna tiene de no saber que existen Maduro, Trump y Putin! Matilde mira para otro lado cuando escucha hablar del precio del petróleo, de la Constituyente en Venezuela o la campaña en Colombia. A veces me divierte preguntarle sobre los temas del momento: Matilde, ¿qué opinas de la Justicia Especial para la Paz? Ella me mira con sus párpados entornados como si tuviera que hacer un esfuerzo para tenerme paciencia, lanza un miau despectivo y se va a cazar una araña.

Matilde me enseña el arte de la paciencia cuando se queda largos minutos completamente inmóvil acechando a una presa que luego se le escapa en un segundo. Ella simplemente se oculta de nuevo y vuelve a esperar. Si la cacería fue buena se regala un descanso largo de sueño y si la cacería fue mala hace lo mismo. Nada pasa. Su vida fluye.

Matilde me enseña el goce de los placeres sencillos cuando se para frente al jardín y permite a su olfato descubrir con lentitud ese universo que se abre a sus sentidos o cuando se tiende al sol para una siesta de media mañana o media tarde, porque el descanso se toma cuando viene y no porque los relojes lo indiquen. Me enseña también que se puede convivir en la diferencia porque ha aprendido a tolerar a los perros sin agresiones mayores. Después de unos cuantos ladridos y gruñidos aceptaron todos que comparten el vecindario aunque se miren todavía con desconfianza, porque saben que no son de la misma manada. Intentan no cruzarse pero se respetan y de tanto en tanto se atreven a olfatearse y a pasar minutos juntos. A veces, cuando quiere, me regala unos instantes para permitirme mimarla y de nuevo se va.

Los animales nos recuerdan que todo puede ser más sencillo, que el goce está por ahí al alcance de la mano y que se puede convivir con alguien distinto. Nos dan lecciones todos los días y no entiendo cómo muchos de esos humanos que se sienten parte de una especie superior son capaces de maltratar sin razón a los animales que nos dan tanto.

 

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