Por: Julián López de Mesa Samudio

Elogio del diente de león

HOY, BOGOTÁ ES UN CAOS. POR DOquier la gente maldice su suerte.

Maldice el atasco vial; maldice el calor; maldice el frío; maldice todo lo que se cruce en su camino. Lo único que hay que ver por la ventanilla es el sucio césped de los separadores vehiculares. Sólo pequeñas flores amarillas salpican este triste y abandonado prado, inclinándose ante las cortas ráfagas que se levantan cuando buses y carros arrancan a trompicones. Las personas miran distraídas mientras siguen maldiciendo en su interior.

El diente de león rige los rincones verdes de toda la ciudad, porque nadie – excepto los niños – le presta atención. Pequeñas, redondas e ignoradas, cubren de amarillo los aburridos separadores de las grandes avenidas. En unos días, se convertirán en delicados globos rizados de semillas. Se trata de una flor ordinaria y, al igual que otras silvestres como la flor del trébol y el carretón púrpura, carece por completo de pretensiones. Las rosas, los jazmines, los nardos y hasta los mortuorios claveles son flores pomposas, apreciadas y valoradas por su belleza impalpable, ultramundana. Son flores cultivadas con grandes cuidados y mimos que las hacen ser orgullosas, elegantes, bien presentadas. Las apreciamos porque fueron creadas para ser admiradas y no para ser tocadas.

El diente de león carece de distinción y arrogancia. Es pequeña y feraz, resistente y bien poco delicada. Está tan firmemente atada a la tierra que, si se la corta, se marchita y pudre en pocas horas. Ni siquiera sobreviven mucho tiempo entre un florero, por muchos cuidados que se le prodiguen. El diente de león es una flor salvaje y que está íntimamente ligada a la tierra y a la libertad. No ha sido ni será domesticada a pesar de su aparente vulnerabilidad, y quizás aquí radica su hermosura. Yo, personalmente, disfruto más de un campo inculto, rociado con dientes de león, que de un ramo de rosas o lirios pulcramente arreglados. Mis recuerdos de infancia se hallan indisolublemente ligados a estas campiñas de flores silvestres en las que zumban los abejorros negros.

Pero además, a diferencia de las demás florecillas campesinas, el diente de león es generoso. No sólo es comestible sino que además su flor se transmuta en esfera de etéreas semillas. Cuando esto ocurre, juega con la brisa, dándose de nuevo a la tierra y renovando el ciclo vital. Es en este estado cuando hace las delicias de los niños. Soplar un diente de león con todas las fuerzas y ver cómo sus volátiles semillas son llevadas por el viento, constituye un juego siempre asombroso y maravilloso. Es tal vez uno de los primeros en que el niño se relaciona íntima y desaprensivamente con el entorno natural. Pero, lo que es aún más bello y memorable, es que quizás el primer acto de sincera generosidad de un niño se da en el momento en que recoge un improvisado ramo de estas flores amarillas para regalárselo a su madre. Esto lo hace incluso antes de poder hablar bien y de comunicarse eficazmente. Es un acto de amor puro, de total e inocente desprendimiento.

Escribo este pequeño homenaje a la ignota flor amarilla porque sin siquiera percatarnos, nos ayuda a ser más humanos. Hoy, Bogotá es un caos. Por doquier la gente maldice su suerte; maldice el atasco vial, el calor, el frío; maldice todo lo que se cruce en su camino. Lo único que hay que ver por la ventanilla es el sucio césped de los separadores vehiculares. Pequeñas flores amarillas salpican este triste y abandonado prado.

[email protected]: JLoanarchist.

 

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