Por: Tomas Eloy Martínez

Eloísa Cartonera: creadores ante la crisis

BOCA JUNIORS, ÚLTIMO CAMPEÓN del fútbol argentino, iba a perder ante el modesto equipo de Newell’s Old Boys en la Bombonera, el clásico estadio del barrio de la Boca, pero aquel mediodía de verano aún nadie lo imaginaba.

Los fanáticos llegaban a la cancha con la ilusión de festejar, las banderas en alto, las gargantas inspiradas. Turistas de Israel, Brasil y Alemania peregrinaban por el sur de Buenos Aires. Por unos pocos pesos se hicieron fotografiar abrazados al imitador de Diego Maradona, un muchacho fornido y de rulos que lucía una camiseta de la selección argentina con el número 10.

Al pasar por lo que fue un garaje y ahora es un escaparate con más colores que los del espectro solar, en el número 467 de la calle Brandsen, un turista acalorado preguntó si la mesa tendida en la acera era el comedor público.

“No, chabón”, informó la Osa, servicial. “Esta es una reunión de Eloísa Cartonera. Somos una cooperativa, hacemos libros con cartón”.

La Osa vende a bajo precio su excelente arte gráfico, pero no acepta pago alguno por las maravillas de su cocina, los tallarines caseros con estofado que preparó para agasajar a un grupo de amigos de visita en la editorial independiente que la rescató de sus idas y vueltas por la ciudad de Buenos Aires en busca de cartones para revender.

“Por Coronel Díaz yendo a Santa Fe/ juntando cartones, papeles, pedazos/ de viejos diarios, botellitas, plásticos,/ iba solita, toda pintadita/ como una muñequita entre las basuritas”, escribió Washington Cucurto en “La Cartonerita”, un poema sobre mujeres como Miriam Merlo, nombre con el que la Osa nació en el Chaco hace 25 años.

Hace unas semanas regresó a su tierra para difundir los libros de Eloísa en la Feria del Libro Chaqueño y Regional.

La Osa cambió el carrito que empujaba en las calles por los cortantes, los esténciles y las témperas con que produce tapas para los libros de “la editorial más colorinche del mundo”, según Cucurto, autor de Cosa de negros y El curandero del amor, uno de los fundadores de Eloísa Cartonera.

Otras mujeres y otros hombres —y otros niños, tristemente— venden su cosecha de cartones en este pequeño local de la Boca a un precio cinco veces superior al que los intermediarios del reciclaje pagan por kilo.

Eloísa Cartonera es una comunidad artística y social que ha hecho por las personas marginadas de la sociedad de consumo mucho más que las políticas municipales y nacionales que se sucedieron desde el cataclismo económico de 2001 en la Argentina. Una ley dice que los cartoneros son trabajadores, pero lo que la ley les concede es sólo un carnet, un par de guantes y una pechera.

Para protegerlos se ha dispuesto por decreto la creación de Centros Verdes donde podrían separar sin riesgo los cartones de los vidrios que se arrojan a la basura, pero los Centros Verdes siguen siendo letra muerta.

Reunidos en cooperativas, los cartoneros tienen derecho a recibir del gobierno de Buenos Aires un carrito con ruedas y 200 pesos. María Gómez, estudiante de Comunicación Social y agitadora partícipe de la editorial, enumera esos reflejos públicos tan escasos para la magnitud del sufrimiento.

Lo que para los funcionarios quizá sean sólo estadísticas sin alma, aquí son todas historias, nombres propios, seres humanos que dejan en la ciudad la sombra de sus felicidades y sus desventuras.

Conocen a la perfección los libros que publican, y cuando los venden, nunca es a ciegas. Segura de sí, la Osa me recomienda El atravesado, un relato del colombiano Andrés Caicedo, quien se suicidó a los 25 años en su Cali natal. Me habla de un libro anterior de Caicedo, ¡Que viva la música!, y de la inesperada celebridad póstuma del escritor.

La editorial surgió como un recurso de la imaginación ante la crisis. El artista plástico Javier Barilaro y Cucurto hacían poemarios ilustrados en cartulina, pero debieron interrumpir su trabajo de un día para otro cuando la devaluación de la moneda llevó a las nubes el precio del papel.

La idea de la editorial nació en 2003, cuando los cartoneros eran ya inseparables del paisaje de Buenos Aires. Cucurto pidió a varios autores la cesión solidaria de sus derechos para comenzar.

“Buscamos material inédito u olvidado, pero también de vanguardia y de culto”, dice Cucurto.

El propio Cucurto se ha convertido también en un autor de culto. Su nombre se repite en los congresos académicos de los Estados Unidos y al menos cinco estudiantes de doctorado escriben tesis sobre su obra.

Eloísa Cartonera se ha anticipado a muchas de las editoriales grandes en el descubrimiento y la difusión de autores que luego se vuelven importantes. Vende sus libros a bajo precio, en ediciones destinadas a ser joyas de coleccionistas. Ninguna tapa es igual a otra, todos los ejemplares son únicos.

La línea para niños es breve, pero algunos títulos se mantienen en continua reimpresión: El sol albañil y Las casas del viento, de Ernesto Camili.

La mezcla de función social y animación literaria generó una ola de editoriales similares en América Latina. Primero, en 2004, fue Sarita Cartonera, en Perú: Sarita es el nombre de una santa que la Iglesia no reconoce, pero a la que el pueblo cree patrona de los marginados. Luego siguió Yerba Mala Cartonera, en Bolivia.

En octubre la Universidad de Madison, Wisconsin, organiza un encuentro de editoriales cartoneras.

“Será la primera vez que nos veamos todos”, cuenta María Gómez. Allí estará Animita Cartonera, la idea de un grupo de estudiantes de literatura de la Universidad Diego Portales en Santiago de Chile. La saga continúa en México (La Cartonera y Santa Muerte), Paraguay (Felicita Cartonera y Yiyi Jambo) y Brasil (Dulcineia Catadora).

Los despojos de la crisis hicieron que alguna gente se sintiera nada, nadie. Privada de sus derechos básicos, supuso que esa nada la desplazaba de un mercado en el que sólo vale lo que se puede comprar o vender. En vez de resignarse, buscó y buscó en todos los rincones de la imaginación hasta que encontró cómo sostener su ética de vida con trabajos que antes no habían sido explorados, incorporando al mundo objetos nuevos que generan valor, empleo, producción. Ese camino es duro, pero otorga una invalorable libertad y, sobre todo, deja espacio a la alegría.

Hasta ahora la Osa no ha logrado reunir el dinero que necesita para ver un partido de Boca Juniors, pero descubrió que hay sueños alternativos igualmente bellos, como Salón de belleza, el libro de Mario Bellatín que es su favorito, y cuyas tapas ha hecho muchas, amorosas veces.

*Novelista y periodista argentino.

 

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