Por: Tatiana Acevedo Guerrero

Eloísa

En una noche bogotana de aguaceros, Eloísa Garzón caminó tanto desde su lugar de trabajo hasta su vivienda, en el barrio 20 de julio, que se le despegaron las suelas de ambos zapatos. Su hijo, Luis Eduardo Lucho Garzón, que entonces era niño y luego fue alcalde de esa misma ciudad de aguaceros, la esperaba quizá dormido. Independiente desde que decidió irse de donde los abuelos en Fusagasugá para buscar la ciudad y de donde la mamá en Puente Aranda para buscar alguna libertad, trabajó como empleada hasta que pudo ascender, primero como aseadora de un club, después como celadora de un edificio. Cuando el hijo obtuvo el bachillerato tuvo la certeza de que había hecho las cosas bien. “El día en que Luis Eduardo se graduó de bachiller ha sido el más feliz”, declaró hace años en una entrevista. “Me di cuenta de que saqué a mi hijo adelante, de que había hecho algo en la vida sin pedirle nada a nadie”, dijo.

Eloísa Garzón murió la semana pasada a los 89 años. Durante el inicio de la década de 2000, cuando Lucho encarnó un entusiasmo entre comunidades de Bogotá y el país, fue su mamá la que despertó mayores simpatías. Hablaba de vez en cuando con periodistas con una franqueza que no habíamos visto casi nunca. Describía sus vivencias como madre soltera, sus recuerdos del pasado. Con unos ojitos de cansancio, se mostraba a la vez sabia, baquiana en los ires y venires de la vida, y accesible, cercana como una amiga. Un reportaje de la época relató cómo, ante el saludo de los transeúntes que a veces la reconocían y saludaban en la calle, contestaba: “Gracias, mi amor lindo”.

“En algunas casas duraba poco porque no aguantaba que me gritaran”, reconoció cuando le preguntaron sobre sus días como empleada, “pero siempre tuve la suerte de encontrar un nuevo trabajo”. Narró también sus experiencias en el trabajo por días, describiendo que algunos días gastaba tanto en transporte que no le alcanzaba para nada más. “Sufrí con el pelaíto”, confesó acordándose de los días en que tuvo que escoger entre sostener a su hijo y sostenerse ella misma debido a los bajos salarios que le pagaban por trabajar diez horas diarias. Habló sobre cómo al trabajar como interna y dormir en la casa en la que se trabaja una mujer perdía la independencia. Perdía el control sobre su tiempo de sueño, de goce, de reposo. Debía adaptar sus ritmos más íntimos a aquellos de “los patrones”. En algún momento, Eloísa tuvo una buena experiencia trabajando para un alemán y su esposa colombiana, que la dejaron ir a trabajar con su hijo, lo impulsaron en los estudios y significaron una fuente de estabilidad. Pese a estar muy agradecida con esta familia, en sus narraciones puso de relieve las pequeñas heridas de la desigualdad cotidiana. Contó, por ejemplo, cómo la familia tenía un perro al que se le servían raciones más abundantes que las otorgadas a su niño, Luis Eduardo.

“Un problema son las noches”, me explicó Flor Marina Poveda en el suroccidente de Barranquilla. Su trabajo como empleada por días en un barrio del norte se complica cada vez que en las casas en que trabaja se alargan las tardes y la agarra la noche. “Porque hay que planchar antes de salir. Porque los niños están solos y los señores no llegan de la calle. O toca sacar al perro”. Cuando se extiende la jornada de trabajo se hace difícil el retorno en bus. Al igual que en el relato de Eloísa, a Flor Marina la está esperando un niño en casa. Y aunque han pasado más de cinco décadas entre las historias de una y otra mujer, en Colombia no se reconocen las horas extra a las mujeres que trabajan en el servicio doméstico.

Impulsada por empleadas domésticas, la Escuela Nacional Sindical y la congresista Angélica Lozano, entre otras, cursa hoy una demanda ante la Corte Constitucional para que las condiciones de estas trabajadoras sean iguales a las de las personas que se desempeñan en otro tipo de empleo (ocho horas de jornada laboral y que se les paguen extras si se excede esa carga). Que la celebración de la vida de Eloísa Garzón sea un motivo para instar a la Corte a fallar a su favor.

 

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