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Emancipación

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Dejar de ver como normal lo aberrante, y tomar la decisión de no seguir comiendo las migajas que tira, displicente, la cultura del miedo; quitarse las vendas de los ojos y renunciar a las ventas al mejor postor; despertar. Emancipación, como un camino, como una decisión, porque la inequidad crónica es incompatible con la dignidad: uno no solo se muere la víspera del sepelio, sino cada día, a pedacitos, cada vez que le desconocen los derechos, lo arrinconan y abusan del cuerpo o del alma; uno se va asfixiando con dosis letales de mentiras y fantasmas que anestesian o enardecen y nos dejan en alto grado de aturdimiento y vulnerabilidad. Y después de la asfixia ya no hay protesta. Solo una falsa mansedumbre, muy parecida a estar muertos.

Si estas semanas de paro nacional han servido para recuperar una condición humana pensante y crítica, habrá valido la pena. Si milagrosamente Duque decide bajar de su pedestal de icopor y reconoce a la gente que pretende gobernar, habrá valido la pena.

Si nunca más “volvemos a la normalidad” —porque no es normal la corrupción, ni el campo minado por el abandono, ni la violación de las mujeres y de los acuerdos de paz, ni el asesinato de líderes y excombatientes—, si nunca volvemos al socavón mal llamado normalidad, habrá valido la pena.

A ver si el Gobierno se entera: no es normal un Esmad abusivo y desenfrenado, que desconoce los derechos humanos y la proporcionalidad en términos de riesgo, protección y agresión. Tampoco son normales las detenciones arbitrarias en el aeropuerto, en las calles y en los carros que —sin identificar y cuando les da la gana— fungen de radiopatrullas. No son normales las leyes de bolsillo, ni unas autoridades que piensan que hay más vandalismo en tirarle piedra a una vitrina que en robar billones desde los tronos del poder.

Una sociedad fracasa cuando “normaliza” lo inmoral, lo violento; cuando las expresiones criminales, negligentes o corruptas se vuelven tan cotidianas que dejan de verse horribles.

Algunas cosas se trastornan por el paro y eso causa incomodidad. Pero lo que debería no incomodarnos sino repugnarnos, no es que desvíen el tráfico, sino el desvío de los dineros públicos; la promoción de proyectos que pretenden beneficiar a los más privilegiados a costa de los siempre vulnerados; las trampas perversas que le hacen a la paz; el tácito blindaje a quienes manejan los corredores del narcotráfico… Eso sí es lo repulsivo.

Escribo esta columna, y llego a la palabra narcotráfico, con la tristeza del 17 de diciembre de hace 33 años, cuando asesinaron a Guillermo Cano. ¡Tenía tanta razón en sus denuncias, en la rectitud de sus palabras, en su bondad y su inteligencia insobornables! Y así como pasó con Galán, con Rodrigo Lara, con tantos, Colombia no supo rodearlo y protegerlo. Él nos advirtió lo que estaba pasando, nos dijo, con toda la sabiduría que salía de su máquina de escribir, que el narcotráfico permeaba todas las instancias, y sería tan cierto que sanearnos nos ha costado tres o cuatro generaciones, más lo que falta por verse.

Guillermo, maestro, inspiración desde el cielo y la tierra para abrazar el valor suficiente y la convicción necesaria, y no callar jamás, ni por miedo ni por indolencia. Hombre valiente, hombre ético. Por favor, envíanos desde allá un editorial que nos ayude a reescribir a Colombia. Reescribirla con letras de paz.

ariasgloria@hotmail.com

 

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