Por: Ricardo Bada

Émile Zola (n. 2-4-1840)

Repaso cuidadosamente las páginas culturales de una docena de diarios hispanoamericanos y no encuentro ninguna referencia a la efeméride del 2 de este mes, cuando se cumplieron 175 años del nacimiento de Émile Zola.

Tampoco en El Espectador, aunque por mi culpa: tenía que haber escrito un artículo ad hoc, pero una pulmonía doble me dejó fuera de combate a la hora de redactarlo. Entrego mi homenaje hoy con esta columna, porque según decía mi abuela Remedios, tan bella como sabia, “todos los santos tienen novena”.

Considero que Émile Zola es uno de los escritores más injustamente olvidados del siglo XIX, siendo así que su obra puede parangonarse con la de un Balzac en la propia Francia, la de un Galdós en España, la de un Dickens en Inglaterra. Con una inconmovible plusvalía a su favor: la de que, además, es una figura histórica con independencia de su obra: él abrió una puerta por la que hoy transitamos todos los periodistas del mundo entero como si hubiese estado ahí desde siempre, desde antes de que él la abriese.

En 1894 había implosionado en la sociedad francesa l’affaire Dreyfus. Un capitán del ejército, judío por más señas, acusado de espiar por cuenta del enemigo atávico, Alemania. Juicio con pruebas amañadas y perjurios, según se evidenció años después. El capitán Dreyfus degradado en público y enviado a purgar su pena en la tenebrosa isla del Diablo, en la Guayana Francesa, de donde sólo lograron escaparse Papillon y el Boris Karloff de Devil’s Island (1939), un Boris Karloff por completo distinto a su caracterización del monstruo de Frankenstein, en un film que fue prohibido en Francia, como pasaría luego con Paths of Glory (1957) de Stanley Kubrick: Liberté, Egalité, Censure et vive la France! Alain Delon de la Patrie, le jour de gloire est arrivé! (¡Libertad, igualdad, censura y viva la Francia! ¡Alain Delon de nuestra patria, el día de la gloria ha llegado!).

Francia se dividió entre 1894 y 1914 en dos trincheras desde las que se apuntan y disparan con todas las armas a su disposición unos enemigos irreconciliables: dreyfusistas y antidreyfusistas.

Pero el 12 de enero de 1898 la primera página del diario L’Aurore apareció con un titular a toda plana: “J’ACCUSE!”. Encabezaba una carta abierta al presidente de la IIIª República Francesa y la firmaba Émile Zola. Y Émile Zola acusaba en esa carta abierta, sin andarse por las ramas, jugándose su reputación, e incluso su libertad, a un sistema podrido que había condenado a un inocente, el capitán Dreyfus, al infierno letal de la Guayana. El proceso se revisa, Dreyfus regresa a Francia, será rehabilitado, aunque Zola moriría antes, en 1902 y en circunstancias altamente sospechosas: con alguna certidumbre puede hablarse en su caso de la primera víctima del periodismo de denuncia.

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