Por: Antonio Casale

Empatar

Interesante discusión moral se ha abierto en torno al evidente arreglo que hicieron Perú y Colombia para no hacerse daño cuando faltaban unos tres minutos para que terminara el partido. El empate les favorecía a los dos, pues dejaba clasificada a Colombia y metía a Perú en repechaje para el Mundial.

Entiende uno la rabia que esto puede producir en los seguidores de países que se ven afectados con la decisión tomada en la cancha por los jugadores. Nosotros lo vivimos en carne propia un par de veces cuando vimos que Argentina y Uruguay pasaban la pelota de un lado a otro esperando que corrieran los minutos.

Los chilenos hicieron lo mismo en la eliminatoria del mundial pasado, después de que Colombia logró el empate a tres goles. La paridad les servía a ambos y así lo entendieron.

Ninguno de los citados anteriormente cometió alguna falta contra el reglamento. El fútbol, como muy pocos deportes, permite el empate y ese resultado a su vez deja campo para que estas cosas pasen.

Tampoco es inmoral conformarse con un empate que beneficia a ambas partes. La posibilidad de sumar un punto o perderlo permite que los equipos hagan sus cuentas, como cualquier persona en su economía personal, y por eso pueden elegir entre arriesgar o no.

Inmoral hubiera sido que colombianos y peruanos jugaran a empatar desde el primer minuto, especulando así con los otros resultados. No hubiera sido correcto que uno de los dos equipos le permitiera la victoria al otro según conveniencia.

A los gringos no termina de gustarles el fútbol (soccer), en gran medida porque no entienden que exista la posibilidad del empate. Están acostumbrados a deportes tal vez más lentos, como el béisbol, pero en donde siempre hay un ganador.

Pueden tener razón. De hecho, se han inventado una cantidad de soluciones, como definiciones desde el punto penal o enfrentamientos mano a mano entre el jugador y el arquero con balón en movimiento para definir un ganador en caso de empate.

Pero el fútbol y su godarria no han evolucionado ese aspecto. Cierto es que sería más emocionante el espectáculo y más limpio moralmente si no existiera la posibilidad del empate. Pero también lo es que mientras exista y se pueda jugar estratégicamente con él, no hay nada de malo en hacerlo. Se puede jugar a ganar o a empatar, que es lo mismo que no perder. Lo que no se debe es jugar para perder.

 

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