Empatía y tolerancia

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Los otros días, a raíz de una excelente iniciativa (lo digo completamente sin ironía: creo en traspasar las fronteras, tanto las visibles como las invisibles) en la que aparentemente participó, Paloma Valencia se lamentó de la brutal reacción en Twitter de “la izquierda” frente a ella, afirmando que semejante algarabía mostraba cómo gobernaría esta de llegar al poder. “Seguiré luchando por un país en el que quepan todos”, trinó. Cito de memoria, pero espero no estar deformando el sentido de sus palabras.

El que las redes sociales pueden ser terriblemente desapacibles es indudable. Pero, en cambio, lo de la lucha constante de Paloma por la inclusión es una fantasía de una mendacidad inverosímil, a tal punto que mete pánico. Si hay una carrera política basada en la exclusión, la estigmatización y el envilecimiento de lo que no se parezca a ella, esa es la de Valencia. ¿Se acuerdan de su propuesta de dividir el departamento del Cauca, para que los indios se quedaran con su bochinche y su atraso y dejaran a los “mestizos” hacer lo suyo? Obviamente, denunciando a los primeros como agentes de la subversión y como abusadores de niños, que es su tópico y su especialidad en el amplio mundo de la demagogia.

Paloma, claro, sí que es una luchadora por la tolerancia. Para ella. Quiere, no lo dudo, un país en el que quepa ella. No menos. Pero tampoco más. Eso se observa en todas sus actuaciones. ¿Le dan susto los ataques desconsiderados en Twitter? Sí, pero nunca dice nada sobre las desorbitadas jaurías que son claves para la actividad de su partido en la red. ¿Denuncia el narcotráfico? Sí, pero defendió a Popeye porque lo veía como uno de los suyos, y tolera a todos y cada uno de los corruptos que acompañan a su bandería. ¿Habrá alguna excepción? No, no la hay. Hasta en su obsesión malsana con los abusadores de niños tiene una mirada completamente selectiva.

Algo similar sucede con el episodio del hijo de Jorge 40 y las críticas de la ministra del Interior contra aquellos que “chillan” contra ese nombramiento. Hay que decir que el señor Tovar júnior en efecto tiene todo el derecho a hacer su vida, y también a ser nombrado en el Gobierno. Como él mismo lo dijo, ni es culpable de los espantosos crímenes de su padre, ni se lo puede poner contra la pared para que condene a éste. Más aún: también los excombatientes de cualquier bandería, mientras no delincan, deben poder reincorporarse dignamente a la vida civil. ¿De eso se trata, no? Hasta aquí, santo y bueno. ¿Pero coordinador de víctimas? Esto ya es una provocación miserable, y además de hecho implica poner al señor Tovar júnior —si de un gesto de reconciliación se tratare— en la peor posición posible. Más aún, Cecilia Orozco ha mostrado en este diario que en realidad el nombramiento podría ser parte de una dinámica electoral de una red de grandes ganaderos, políticos y figuras del mundo gremial. Lo lamento, pero no se puede dejar de recordar que esa misma clase de redes dio origen a muchas formaciones paramilitares, incluida la de Jorge 40. Razón de más para tomar muy en serio los peligros para las víctimas —destacados por la columnista— que implica la existencia de aquella red.

Todo esto muestra de una manera muy transparente en qué consisten la empatía y la tolerancia de este Gobierno y sus agentes. Como cuando al fiscal Barbosa le dio por fin por reaccionar frente a la ñeñepolítica… tratando de clavar a Petro. No: Petro no está por encima de la ley. ¿Pero por qué lanzarse contra la oposición cuando es obvio que el principal involucrado es el partido de gobierno? ¿Cuándo veremos averiguaciones serias sobre este episodio gravísimo?

Conclusión: esta red de alegres amigos quiere un país en el quepan todos. Todos, menos los demás.

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