Por: Pascual Gaviria
Rabo de ají

Empeñar la palabra

Nada más difícil que mover a alguien de sus certezas históricas, de las verdades personales que le aseguran su dignidad y que han impulsado la mayoría de sus acciones, tanto las que le producen orgullo como las que le causan vergüenza. Ahora, si ese alguien es una persona que lleva décadas en compañía de un grupo que piensa igual, encerrado en medio de una eterna cátedra, acompañado de una especie de mitología común y, además, convencido de las bondades generales y humanitarias de sus teorías y sus prácticas, pues tendremos una tarea cercana a lo imposible.

Pero otras características pueden hacer aún más difícil la tarea. Ese alguien es también un hombre poderoso, un hombre acostumbrado a imponer su visión por medio del miedo, seguro de la fuerza y la superioridad que entregan las armas. Desdeñoso, desconfiado, hosco. Moverlo implica un delicado ejercicio en el que amenazas y descalificaciones solo harán su quietud más facciosa y radical. La imagen de ese alguien es la que me queda de las Farc luego de leer Revelaciones al final de la guerra, el libro de Humberto de la Calle sobre los casi cinco años de negociación en La Habana.

Pero también hay una idea del alguien encargado de sentarse día a día con las Farc. No un profesor sabio y condescendiente que intenta hacer que su contraparte entre en razón. Sino alguien con prejuicios y certezas, verdades personales y obligaciones institucionales. Y prevenciones luego de años de violencia, y un dejo de superioridad luego de años de honores oficiales. Ese alguien, ese gobierno que negocia por cuarta o quinta vez en las últimas tres décadas, es un personaje algo dudoso, temeroso frente a la mirada de la opinión pública, muchas veces confuso por el pulso de los egos de sus principales representantes. Consciente de que los tiempos corren en su contra, siempre cercado por el calendario y por los medios de comunicación que lo vigilan, lo interpretan, lo anticipan, lo describen desde la distancia. Eso lo hace sufrir de un síndrome de silencio que lo obliga a fruncir el ceño permanentemente. Tiene también una debilidad frente a sus rivales políticos en Colombia, las críticas, las mentiras y las descalificaciones logran que la maldad de las Farc se transfiera poco a poco a su lado en la mesa.

El libro deja claro eso que ya olvidamos luego de casi de tres años de firmado el acuerdo. La lejanía en la que comenzaron las partes después de un conflicto de 50 años, sus grandes diferencias sobre los temas más insignificantes. Antes que nada fue necesario casi redefinir las palabras, redactar una suerte de diccionario común que hiciera posible la conversación. La delegación del gobierno se dolía todas las mañanas de recibir el “aluvión retórico” de la guerrilla, las 100 propuestas mínimas para el más sencillo de los temas. Y las Farc se dolían, seguramente, de las barreras legales exhibidas a cada paso, de los imposibles políticos, de las amenazas de la justicia internacional, del espíritu de precisión legalista de quienes parecían redactar un código lejano a sus utopías.

Un increíble ejercicio de reducción, de ir convirtiendo la infinita oratoria en algo concreto, de encontrar puntos mínimos entre las pretensiones siempre máximas, de hacer presión durante cinco años para que el fárrago que implica cualquier acuerdo entre partes tan distantes fuera un documento posible. Esa reducción hizo que cada palabra adquiriera para las partes un valor supremo. Esa palabra, esas palabras, son las que pretende desconocer un gobierno que menosprecia la posibilidad de acercar a los enemigos más lejanos.

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2019-09-17T15:24:55-05:00

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