Por: Eduardo Sarmiento

Empeora la crisis mundial

Desde hace un año anticipamos que la economía mundial tenía todas las condiciones para precipitarse en una recesión de dos caídas.

Los precios de las acciones estaban sobrevaluados en más de 25% y Estados Unidos y Europa procedían a recortar el gasto público bajo fuertes presiones para acentuarlos. Ambos fenómenos habrían de ocasionar una contracción de la demanda que revertiría el proceso de recuperación.

Curiosamente, este concepto tan elemental del primer año de economía no lo percibieron los círculos dominantes. A mediados del año el FMI y la Reserva Federal señalaban que la economía mundial evolucionaba adecuadamente sin riesgo de recesión. Fue necesario que los precios de las acciones cayeran 20%, para que reconocieran que la economía mundial estaba mal y no muy lejos de la recesión.

Los grandes tanques de pensamiento mundial no tienen un diagnostico de la crisis. Luego de cinco años de recesión y estancamiento, proclaman a viva voz que los fundamentos del sistema son correctos.

La realidad es distinta. La economía mundial adolece de serias deficiencias que vienen de atrás y se agravaron con la globalización. Se configuró una estructura de exceso de ahorro en que los ingresos de la población superan ampliamente el gasto efectivo. La normalización de la actividad productiva y el pleno empleo requieren un déficit fiscal mundial promedio de 6% del PIB y la coordinación cambiaria.

La extensión de la proposición a los casos individuales es inmediata. En Estados Unidos es necesario ampliar el gasto público y devaluar el tipo de cambio. A su turno, en Europa es indispensable que los países periféricos, empezando por Grecia, reestructuren la deuda, devalúen el tipo de cambio y sostengan el gasto público.

El drama es que estas propuestas simples, de alto componente pragmático, entran en abierto conflicto con el orden económico internacional y los modelos nacionales fundamentados en la prioridad de la inflación, la modalidad de cambio flexible y el equilibrio presupuestal, o a lo sumo la política fiscal contracíclica. Las resistencias ideológicas e institucionales impiden o dilatan su adopción, ocasionando incertidumbre y pánico que acentúan la caída de las cotizaciones bursátiles, la contracción de los consumos y el despido de mano de obra. De acuerdo con los indicadores más recientes, Estados Unidos y Europa se dirigen hacia una recesión de dos caídas de la mano del fracaso de las teorías convencionales.

Las repercusiones sobre Colombia y América Latina no han demorado en llegar. Igual que en el año 2008, los efectos sobre la economía colombiana se empezaron a ver con la ruptura de la burbuja de la revaluación y el alza de los precios de los activos que han sido la principal fuente de expansión del producto. Adicionalmente, el debilitamiento de la demanda mundial se ha extendido por la vía de la actividad industrial, que ha descendido en toda la región y amenaza la estabilidad de los productos básicos. El aspecto más vulnerable es la balanza de pagos, cuyo déficit en cuenta corriente asciende a 3,7% del PIB. La baja de los precios de los productos básicos a los niveles históricos colocaría el déficit cerca de 5,5% del PIB, rememorando el nivel que precipitó la recesión de 1999.

Así las cosas, la crisis mundial expone la economía colombiana a la devaluación masiva, el desplome de los precios de los activos, la contracción de la industria y la agricultura, el resquebrajamiento de la balanza de pagos y, finalmente, la recaída del crecimiento y el empleo. El mejor antídoto contra estas eventualidades es revertir el orden económico internacional: abandonar la prioridad de la inflación, intervenir el mercado cambiario, aceptar el déficit fiscal y aplicar políticas industriales selectivas.

 

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